sábado, 11 de abril de 2026

ENIGMAS DE LAS ESTELAS DEL SUORESTE (capítulo II de "Las Manzanas de las Hepérides en el tesoro de El Carambolo").

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SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LINEAS:
Arriba, en imagen: Gregorio Solano Zuil (alcalde de Solana de Cabañas) junto a mi mujer (Chiho Onózuka). Detrás de ellos vemos la reproducción de la estela de Solana de Cabañas, en el lugar donde fue encontrada; a la entrada de la población cacereña, que le dio nombre. Fue la primera en documentarse; al hallarla en 1889 Mario Roso de Luna (quien, por entonces, la consideró hispano romana). Conforme recoge el estudio de su descubridor, bajo la losa, encontraron restos de un enterramiento con cremación y cenizas (aunque, finalmente, no se pudo certificar este contexto de hallazgo). Al lado, posición que antaño se considero, debió tener esta losa; tal como la vemos en foto superior. En este caso, he dibujado la tierra y el modo en que se elevaría; colocando supuesto ajuar de enterramiento, debajo. Pese a todo, debido a que se estudió en el siglo XIX y fue el primer ejemplar documentado; catalogada como un ara romana. No es seguro que las mencionadas cenizas aparecidas en el subsuelo, fueran parte de un rito funerario perteneciente a la estela. Pudiendo tratarse de una reutilización, o bien de un error en la excavación. Abajo, el modo en que esta pieza original se exhibe en el Museo Arqueológico Nacional (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). Se halla en posición vertical, considerando que estuvo apoyada en un muro o junto a una roca. La base científica para afirmar que esta fue su colocación original, se basa en que la gran mayoría de ejemplares, aparecen con la lanza en la parte superior y el carro en la inferior. En mi opinión, para conservar en posición vertical estas estelas; deberían haber sido sujetadas por una base pétrea. Ello, explicaría las roturas que muchas observan en su zona inferior (en este caso, junto al carro). Habiéndose partido, tras caer y al perder el equilibrio; a mi juicio, al desengarzarse de esa “peana” donde iba encajada. Por lo que esas señales, no se correspondería a daños sufridos por humedad o al haber permanecido apoyada en vertical. Ya que no presenta apenas espacio, para clavarse y sujetarla sobre el suelo.




JUNTO Y BAJO ESTAS LINEAS:
Al lado, de nuevo la misma estela; tal como se puede ver en el MAN. Junto a ella he situado a mi mujer; para que se comprenda el tamaño y volumen (1,30 ctms. de altura, 67 ctms. de anchura máxima y 20 ctms. de grosor medio). Ello supone que para mantenerla en vertical (del modo en que aquí se muestra); debería haber estado perfectamente apoyada sobre una pedernal y ajustada en su base. Solo así, se comprenderían los daños que contiene en su parte baja; producidos por el desgaste y su peso. Abajo, detalle de la parte inferior de la losa, en el que podemos apreciar que estas roturas parecen hechas a golpes y no de forma natural (por el peso de la piedra y la humedad, al sustentarse en ese punto). Esta circunstancia y el poco espacio bajo la losa (para sustentarse) me hace pensar que se elevaban sobre un pedernal, donde estaban encajadas (quizás con mortero de cal o arena). En dibujo, he simulado el supuesto pedernal; del que carecen la mayoría de las estelas de gran tamaño. Aunque es normal que nunca se halla encontrado su base, ya que la mayoría de ellas han aparecido descontextualizadas.



A) INTRODUCCIÓN:

Terminábamos nuestra serie anterior -“Los bueyes de Gerión en el tesoro de El Carambolo”-, con un capítulo dedicado a las costumbres funerarias previas a Tartessos. Basando el análisis, en un magnífico trabajo del profesor Torres Ortiz; que estudiaba los usos fúnebres anteriores a la civilización del Bajo Guadalquivir; extendidos por el Suroeste y el Atlántico peninsular. En este artículo, se explicaba que en el siguiente trataríamos sobre los rituales de muerte tartessios; pero la aparición del Patio del Holocausto, en El Turuñuelo, me hizo parar esta sucesión de estudios. Al intuir que en aquel yacimiento -vecino a Cancho Roano-, podrían descubrirse datos diferentes sobre los procesos mortuorios de esa etapa protohistórica. No fue exactamente así; aunque tras casi seis años de espera, pudimos determinar el hallazgo de múltiples novedades en Casas de El Turuñuelo -tal como expresábamos en el anterior capítulo-. Entre los que destaca, la aparición de un “extraño” inhumado, depositado en sus habitaciones, y al que llamaron “Desiderio” (quienes lo hallaron). Esta circunstancia, y los distintos avances en materia de Tartessos, acontecidos desde nuestra penúltima publicación. Nos han obligado a posponer la segunda parte del capítulo dedicado a mundo funerario en Tartessos; debiendo analizar previamente las Estelas del Suroeste. Con el fin de estudiar y comprender más, los ritos mortuorios de esta civilización.


Por cuanto, comenzamos una primera parte dedicada a las losas de tipo tartessio; en el que intentaremos dar significado a algunos enigmas que contienen. Ya que entre los años 2018 y 2023 también se produjeron grandes avances en lo que refiere a estas lápidas; al haberse hallado tres de ellas contextualizadas y sobre una necrópolis (en Cañaveral de León, como veremos). Consecuentemente, hemos intitulado este artículo, “Enigmas de las Estelas del Suroeste”; debido a que vamos a analizar algunas incógnitas que presentan estas piezas. Rarezas y misterios, entre los que se halla, la aparición de ejemplares en tierras del Sur de Francia y del Pirineo (muy lejanas al Guadalquivir y del Guadiana). O la representación en ellas de enseres de prestigio tan extraños, como: Las liras, los peines, espejos y fíbulas. Junto a otros elementos, que indican un gran progreso -por entonces-, como los carros. Lo que no solo supone un avance en técnica militar, sino también significa un tipo de especialización y técnica en el mundo artesanal y de las comunicaciones.


A-1) Historia de sus hallazgos y estudios:

Las Estelas del Suroeste de tipo tartessio, son uno de los grandes misterios arqueológicos, cuyos enigmas se vienen desvelando desde los últimos decenios. Monolitos, cuya aparición en la escena de la investigación sucedió hace más de un siglo; y que en estos últimos decenios, han logrado comprenderse (en parte). De ese modo lo relata Sebastián Celestino Pérez en su gran obra sobre ellas (1) ; narrando que el primero en estudiarlas fue Mario Roso de Luna. Quien documentó la de Solana de Cabañas (en 1889); pueblo de las Villuercas, muy cercano a Guadalupe y próximo a Logrosán. Poco después, analizó otra similar, que guardaba en Almendralejo el marqués de Monsalud. Aseverando Roso de Luna que ambas eran losas epigráficas romanas, con ciertos rasgos peculiares; sin observar mayor antigüedad en ambas piezas (1a). Lo mismo opinaron P. Tavares de Proença y Leite de Vasconcelos -en 1905 y 1906- (2) ; al publicar el hallazgo de otra estela procedente de San Martinho (1b) (población portuguesa muy cercana a Castelo Branco; sita a unos 100 kilómetros de la Coria cacereña). Aunque ya en 2017, el Abate Henri Breuil; realizó un estudio importante y diferente, sobre estas lápidas. Considerando su paralelo con las alentejanas; losas que hoy conocemos como muy anteriores, pese a que entre ellas se observan algunas similitudes (1c).


Continuando con la historia y clasificación de las Estelas -antes llamadas extremeñas-, sería Cabré quien escribió un primer análisis verdaderamente interesante (en 1925); con conclusiones importantes. Destacado los escudos que aparecían en ellas, muy semejantes a los hallados en Irlanda y en Centroeuropa -ver (6a) -. Poco más tarde, en los años cuarenta (1947) el arqueólogo nacido en Irlanda, Mac White, las relacionó con piezas de la fachada atlántica. Considerando los escudos de sus bajorrelieves, de tipo irlandés; por cuanto las fechó entorno al 600 a.C.. Al mismo tiempo (entre los años 1930 y 1954), Sprockhoff, las estudió; decantándose definitivamente por la teoría de White. Aunque concluye que el camino de difusión de esos escudos irlandeses, era el inverso; marchando desde el Atlántico, hacia el Mediterráneo oriental. Ante lo que Hencken (en los años 50) plantea una doble vía; aseverando que habrían viajado por la ruta del ámbar, subiendo el Adriático; llegando también por mar hasta las Islas Británicas, a través del Atlántico. Situando Hencken el origen de estos escudos, en Grecia (1d) ; marcando ya una relación entre la Península y el Egeo (hace setenta y cinco años, cuando apenas se había hablado de ello) -ver (6a) -. Hemos de destacar que en esa época (a mediados del siglo XX) se conocían unas de veinte Estelas de tipo tartessio y se denominaban extremeñas, por su localización. Pero en los años sesenta se comienzan a encontrar algunas más, en el Suroeste peninsular y en el Bajo Guadalquivir. Por lo que empezarán a relacionarlas con los fenicios, considerando que serían esos colonizadores, quienes importaron los escudos de tipo irlandés; desde las Islas Británicas. Ante lo que John M. Coles, estudió las égidas de Irlanda, llegando a la conclusión de que eran anteriores al siglo VIII a.C.. Lo que suponía su representación sobre las losas encontradas en Iberia; previa a la llegada de los púnicos a nuestra tierra (1e) .


En el año 1966 Almagro Basch realizó el primer estudio y corpus sobre estas piezas; separando las Estelas Alentejanas de las Extremeñas. Considerando las del Alentejo de tipo I y fechándolas entre los siglos IX al VI a.C.. Mientras las de Extremadura las clasifica como II, atribuyéndolas a algún pueblo celta (galáico, lusitano o vettón); tal como hizo Bosh Gimpera años antes. Aunque Almagro Bash reconoce que contienen rasgos de tipo Oriental; destacando entre estos, las espadas y escudos. Siendo finalmente los profesores Blanco Freijeiro, Luzón y Ruiz Mata, quienes determinan en ellas una gran influencia fenicia; aseverando que los allí representados serían reyes con armas indígenas. Llegamos así a los años setenta; cuando ya se conocían unos treinta ejemplares y apareció la losa de Abobada (Portugal -ver imágenes-), que contenía una inscripción en alfabeto del Suroeste (1f) . Al finalizar este decenio (en 1977) se publica el estudio del prof. Almagro-Gorbea; donde se clasifican con exactitud y las define conforme a sus tipos. Fechándolas desde los siglos IX al VII a.C.; considerando que en ellas se representa un armamento de tipo oriental y centro europeo (espadas, escudos, cascos y etc). Llegando a aseverar su uso funerario; generando unas pautas para su estudio y análisis, que todavía se conservan (1g) . El mismo año, se edita el opúsculo del profesor Bendala Galán, que las fecha en tiempos del hallazgo de La Ría de Huelva (3) . Considerándolas también losas funerarias; sosteniendo el origen mediterráneo de todos sus elementos, apoyándose en la lira que contiene la Estela de Luna -o Valpalmas-. Una losa aparecida en 1975, en la provincia de Zaragoza (muy lejos del área tartessia); que presenta en su parte alta un escudo de tipo “básico” -común en las del más antiguas-. Pero en su zona baja, contiene una cítara de gran tamaño, con numerosas cuerdas; cuyos paralelos se han buscado siempre en El Egeo, Oriente Medio, Chipre o Creta (3) . Tal como hemos estudiado ampliamente en nuestro artículo Significado y simbolismo de los cordófonos, representados en la Península a finales del Bronce y comienzos del Hierro. Capítulo que recomendamos leer, pulsando el enlace que contiene la cita (4) .


Por su parte, de modo coetáneo a la obra de Almagro-Gobea, se editaron otros estudios; destacando el publicado en 1976 por “Hernando Grande, quien llegó a la conclusión de que todos los escudos representados eran redondos y se relacionaban con modelos de procedencia irlandesa, centroeuropea, chipriota, griega y anatólica. En cambio, los carros podían ser de transporte, guerra o votivos, y presentaban una procedencia del Norte de Europa, Chipre, Asiria, Grecia, o el Norte de Italia. Y las espadas, los cascos de cuernos, las fíbulas, los espejos, etc., podían venir del Atlántico y del Mediterráneo” (6b) . Aunque cuando realmente avanzó el análisis de estas piezas fue durante los años ochenta; tras encontrar y documentar, un gran número de ellas; hallándose ya en lugares muy distintos -y muy distantes a Extremadura-.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes de las pedanías que corresponden a Solana de Cabañas, en Las Villuercas (Cáceres); donde han aparecido numerosas estelas de este tipo. El lugar está muy próximo a Trujillo, junto a Logrosán y Guadalupe; es un paraíso natural, rico en agua y en todo tipo de fauna (ideal para el pastoreo). Sus montañas sirvieron de refugio a los vettones y a su gran caudillo: Viriato. Pues desde sus altos, se domina gran parte de la llanura careceña; llegando a divisar bien las provincias de Badajoz y Toledo. Asimismo, Las Villuercas son muy ricas en yacimientos de estaño y cobre; por cuanto durante el Bajo Bronce, debió ser un refugio de guerreros y un punto de gran importancia (por sus filones de metales). Arriba, imagen de Cabañas del Castillo. Al lado y abajo, los campos y pasos, entre Cabañas de Solana y Cabañas del Castillo.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
fotografías de la zona de Las Villuercas (Cáceres); donde se han hallado numerosas estelas y restos pertenecientes al Bronce Bajo. Al lado, la gran villuerca de Berzocana; donde se encontró el famoso tesoro, compuesto por dos torques de oro. Apareció en 1961 (en la montaña en imagen y aunque); se perdió un tercer collar, pero se conservó el recipiente de bronce en que lo habían ocultado. Tras estudiarlo, comprobaron que se trataba de un cuenco de tipo chipriota, fechado a finales del II milenio a.C..; coetáneo con los torques (que se datan hacia el 1200 a.C.). La aparición de toréutica de Chipre en esta zona, tan cercana al lugar en que se halló la estela de Solana de Cabañas; puede explicarnos los objetos representados en esta losa: Una espada orientalizante; un escudo similar a los del Bronce Bajo usados en Chipre y en Irlanda; un espejo como elemento de prestigio oriental; un casco, de tipo sardo o micénico (que algunos confunden con una lira); además de un carro, semejante a los utilizados en Micenas y en el mundo cretochipriota, a finales del II milenio a.C.. Abajo, vista de Guadalupe, desde al alto de la Ermita del Humilladero. En imagen, observamos el prodigioso valle, rico en aguas, fauna y pastos; cuyo clima en invierno es paradisíaco. Se encuentra a muy pocos kilómetros de Berzocana y de Solana de Cabañas.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, nuevamente, la losa que documentó y analizó Mario Roso de Luna (en 1889) comenzando así, el estudio de las Estelas Extremeñas. En la imagen hemos marcado los enseres representados en ella; que se relacionan con Chipre, Creta y Micenas. La espada, casco, espejo, escudo y carro; que serían coetáneos al cuenco de bronce, donde se halló el tesoro de Berzocana. Abajo, de nuevo, Las Villuercas; esta vez vistas desde las cercanías de Solana de Cabañas.







JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, los dos torques del tesoro de Berzocana; fechados en a finales de la Edad del Bronce -circa 1200 a.C. (tal como se exponen en el Museo Arqueológico Nacional; al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). Abajo, el cuenco de tipo chipriota donde fueron hallados los tres torques de Berzocana -uno de ellos se perdió- (foto también tomada en el M.A.N.; al que agradecemos nos permita divulgarla). A los interesados en este tesoro, recomendamos leer el siguiente trabajo, liberado en la Red:El Tesoro de Berzocana: una relectura de su descubrimiento y contexto” de Ignacio Pavón Soldevila; David M. Duque Espino y Alonso Rodríguez Díaz (V Congreso Internacional de Historia de la Arqueología IV Jornadas de Historiografía SEHA-MAN // 2018 // Págs. 839-856).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dos imágenes de la Estela de Heredade de Abobada (Portugal), tal como la expone el Museo Regional y Arqueológico de Beja (al que agradecemos nos permita divulgarla). Se fecha entorno a los siglos IX al VIII a.C. y representa un arquero idealizado, con una cenefa que le rodea y lleva una inscripción en caracteres del Suroeste (alfasilabario tartessio). Su hallazgo en los años setenta del pasado siglo, cambió el paradigma de las “lapidas” de este tipo, necesitando afiliarse al mundo de Tartessos.






De tal modo, durante los años 80 encontraron un gran número de estelas. Ampliando el campo de análisis y clasificación; al aparecer ejemplares en Sevilla, varias en el Guadiana, en Écija y Córdoba. Surgiendo también losas en las Herencias; sitas en el curso de medio del Tajo, a mas de quinientos kilómetros del Atlántico. Población toledana, muy próxima a Talavera de la Reina; donde se documentaron dos y una necrópolis tartessia. Más tarde, aparecieron tres estelas del mismo tipo, en el Suroeste de Francia (en Substantion); que junto a la zaragozana de Luna, mostraban un contacto pleno entre estas zonas cercanas al Pirineo, con el Bajo Gualquivir, el Alentejo y el Guadiana -quizás remontando el Tajo- (1h) . Por todo ello, durante los años ochenta, se publicaron numerosos estudios sobre el tema; siendo importante el escrito en 1984 por “Primitiva Bueno, que haría nuevas aportaciones al analizar las estatuas-menhir y las estelas antropomorfas de la región extremeña, de las que dedujo que existía una fuerte tradición megalítica que se expresaba a través de la utilización de estos soportes pétreos documentados en toda Europa occidental y, sobre todo, en la península Ibérica (...). En este sentido, Celestino consideraba evidente su significado funerario y sugería que éstas se encontraban junto a túmulos o necrópolis megalíticas, ya sea cubriendo tumbas de inhumación” (6c) .


En la misma época, publicaron obras sobre las estelas: Germán Delibes, Fernández-Miranda y Ma. Luisa Ruiz-Gálvez Priego, junto a Galán Domingo. Quienes ya ven una unión de mercado entre el Mediterráneo Central y la Península, en un camino que transcurre desde el Sur de Francia, hasta las costas de Portugal. Aunque la prof. Ruiz-Gálvez (cuyos trabajos fueron inmejorables) aseveró que esta unión se produjo desde épocas muy tempranas y por contactos con Cerdeña; mientras Fernández-Miranda cree que el nexo estuvo en Fenicia (1i) . Proponiendo Ma. Luisa Ruíz-Gálvez (en 1986), que ese comercio no se estableció tan solo con Cerdeña; sino también con el mundo etrusco. Exponiendo, como primera idea, que pudo abrirse a través de los fenicios. Aunque más tarde rectificaría, afirmando que se la comunicación y expansión, se debería a los precolonizadores (anteriores al siglo IX a.C.). Razonando su hipótesis, en base a la unión entre el armamento representado en las estelas en el Suroeste peninsular y las de Francia (1j) . Así llegamos a 1993 cuando sale a la luz “otro trabajo de Galán Domingo, en el que se ofrece un nuevo corpus de ochenta y seis estelas, llamado Catálogo sistemático de las estelas (...), que fue la base de todas las catalogaciones posteriores, y donde diferenció tipológicamente entre estelas de guerrero y diademadas” (6d) .


De tal modo, continuaron las investigaciones a fines del siglo pasado, planteando diferentes hipótesis. Por cuanto, a comienzos de los años noventa, los profesores M. Belén y Escacena Orozco, lanzaron una nueva teoría, para su posible clasificación como losas sepulcrales. Exponiendo que no conocemos prácticamente nada, sobre los cultos funerarios durante el Bajo Bronce, atlántico peninsular. Rituales, de los que apenas hay constancia arqueológica; y de los que tan solo han aparecido ejemplos importados o pequeños hallazgos, con inhumaciones. Como los de la Roca do Casal do Meio (Setúbal) de influencia plena centro mediterránea; lo que explicaría la procedencia de muchos de los enseres representados en esas estelas del Suroeste (cascos, pinzas, liras, espadas, carros, etc) (1k) . Pese a ello, la profesora Ruíz-Gálvez no aceptaba plenamente el uso funerario de estas losas; considerándolas hitos de caminos ganaderos o señales de comunicaciones. Creyendo que las estelas hincadas fueron marcadores de rutas o de territorios, que unirían vías que cruzaban la Península: Desde el Sistema Central, al valle del Guadalquivir; y de la desembocadura del Tajo y el curso del Guadiana, hasta la desembocadura del Guadalquivir. Por cuanto, desde el centro peninsular, saldría un ramal de comunicaciones, que iría hasta los Pirineos; justificando de ese modo el hallazgo de un ejemplar en Luna (Zaragoza); y tres más en Francia. Esta misma tesis la sigue Eduardo Galán (en 1995); razonando que por ello, se han hallado en lugares tan dispersos como dispares. Apareciendo la gran mayoría de piezas, fuera de contexto arqueológico (descontextualizadas); por lo que debemos considerarlas, marcadores. No admitiendo un análisis de procedencia, según los enseres que figuran en sus representaciones; afirmaba el origen mediterráneo y atlántico de aquellos objetos (1l) . Finalmente, Alfredo Mederos y el prof. Harrison, cambian la tesis de estudio; proponiendo que los antropomorfos grabados, pueden ser reyezuelos que controlaban el comercio de esclavos, hacia Oriente. Mientras Ruíz-Gálvez concede una enorme importancia a los sículos y sardos, en la llegada de elementos que aparecen en ellas. Por su parte, en este gran debate; Torres Ortiz (en 1995) (5) las relaciona con la Ruta de la Plata y el periodo orientalizante (1m) .




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Imágenes de ajuares hallados en la Necrópolis tartessia de Medellín; tal como los expone el Museo Arqueológico de Badajoz (al que agradecemos nos permita divulgarlas). Excavada en los años ochenta, por el profesor Almagro-Gorbea y fechada entre el 625 y el 550 a.C.; es uno de los pocos cementerios conocidos de esta cultura. Pues Tartessos, como continuadora de “la civilización atlántica” y la del Bajo Bronce peninsular; apenas ha dejado restos fúnebres. Desconociéndose -en su mayor parte- los ritos postmortem de este periodo. Por cuanto, el uso y significado de las Estelas del Suroeste, sigue cargado de enigmas; ya que -todavía- no podemos determinar que fueron losas de enterramiento. Arriba, urna a torno, procedente de la referida necrópolis. Al lado, urna con tapa. Abajo, conjunto de cerámicas pertenecientes a un ajuar del mismo cementerio.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Detalles y ampliaciones de los objetos antes mostrados. Al lado, la urna fabricada a torno. Abajo, el conjunto ajuar de Medellín (fechado entre el 650 y el 550 a.C.).









A-2) Sebastián Celestino Pérez y la clasificación de las estelas:

Mientras se publicaban las obras antes citadas; desde comienzos de los años noventa fueron apareciendo los diferentes estudios de Sebastián Celestino Pérez. Cambiando radicalmente la visión sobre las Estelas decoradas del Suroeste; desde que este investigador dedicó a ellas su tesis doctoral (dirigida por los profesores Bendala Galán y Almagro-Gorbea). Tras lo que realizó sucesivos trabajos; redactando una ampliación y mejora de la mencionada tesis, que editó como libro, en 2001; con el nombre: “Estelas de Guerrero y Estelas diademadas” -del que hemos tomado todas las citas (1) -. De tal manera, las nuevas investigaciones de Celestino Pérez, en 2011; llevarán a las siguientes conclusiones, tal como resume Tufiño Cruz -ver cita (6) -. Debiendo clasificarse estas losas, conforme a sus representaciones, en diferentes tipologías; que serían:

-TIPO I - Estelas sin figura humana: Subtipo A: Básicas (escudo, espada y lanza) // Subtipo B: Básicas con elementos de adorno personal

-TIPO II - Estelas con escudo predominante y antropomorfo

-TIPO III – Estelas con igualdad entre el escudo y el antropomorfo. Subtipo A: Individuales. // Subtipo B: Colectivas

-TIPO IV - Estelas en las que la figura humana es predominante: Subtipo A: Individuales: 1. Estelas de guerrero 2. Estelas diademadas // Subtipo B: Colectivas: 1. Parejas: Figuras masculinas y Figuras mixtas 2. Personaje principal y escenas 3. Escenas” (6e)


Por su parte, de Celestino, junto a Salgado Carmona; en 2011 realizaron una nueva clasificación; ampliando las anteriores tipologías -que recogemos en cita (7) -. Estudio, donde también exponían una actualizada diferenciación de los ejemplares; conforme al lugar de su hallazgo. Escribiendo los mencionados autores: “Para analizar su distribución espacial se ha procedido a georeferenciar y corregir la posición de todas las estelas conocidas, con el fin de que las proporciones de distancia entre las mismas sean reales y así se puedan observar las dispersiones y concentraciones. Esta acción también permite analizar las estelas por medio de los Sistemas de Información Geográfica, lo que conlleva nuevas perspectivas y tendencias de trabajo.(7a) . Distinguiendo cinco zonas principales, como ya proponía de Celestino (en 2001) en su libro: “Estelas de guerrero y estelas diademadas...” (7b) . Considerando la mas antigua e inicial, la Sierra de Gata. A ella le sigue como área segunda, el Valle del Tajo-Montánchez; continuando la tercera en el Valle del Guadiana-Zújar. Para determinar como cuarta, el Valle del Guadalquivir; a la que suma otras estelas, halladas en lugares muy diferentes y marginales (como las de Francia, la de Luna, o las del Sur de Badajoz y Portugal).


De este modo, analizando la complejidad de sus representaciones y el lugar de aparición; pudo trazar este autor, unas líneas que definieron su antigüedad y su sucesión arqueológica. A ello, le sumó Sebastián Celestino, el contexto geográfico; localizando las minas y el potencial económico de cada punto en que aparecieron. Obteniendo unas conclusiones y razonando su posible uso, el hipotético significado y el por qué de su repetida existencia en determinados lugares. Uniendo el investigador a todo lo expuesto, el contexto histórico de las Estelas, junto a sus influencias (mediterráneas, europeas o atlánticas); solucionando numerosos enigmas, que hasta entonces habían sido irresolubles. De tal manera, como anota Tufiño Cruz, en 1998 Sebastián “Celestino concluye que las estelas básicas eran las más antiguas y tendrían su origen en la zona que comprende la Sierra de Gata y la Sierra de Montánchez, y a medida que se acercaban al sur se iban añadiendo nuevos elementos a la composición (como consecuencia de los contactos precoloniales) (….). Este cambio sería fruto del movimiento de estas poblaciones(...) llegando hasta la zona del Guadalquivir, donde se producirían cambios sociales y económicos (6f) .


En lo que se refiere a sus fechas, nos dice el mismo autor que: Primero databan el inicio de este fenómeno en torno al siglo X a. C. (Curado) o el siglo VIII a. C. (Almagro Basch), coincidiendo con las invasiones celtas”. Mientras “Coffyn y Barceló, que sostenían su origen atlántico, las sitúan entre los siglos IX y VIII a. C.” . Aunque “Blázquez y Bendala, que planteaban un origen fenicio y egeo, las enmarcaban dentro de las colonizaciones mediterráneas, a partir del siglo VIII hasta el siglo VII a. C. En cambio, los defensores de la teoría ecléctica planteaban una cronología más amplia, que iba desde el siglo XI a. C. hasta finales del siglo VII a. C.” (…) Pero, "los estudios más actuales (Díaz-Guardamino y Celestino) sitúan el fenómeno de las estelas decoradas como una manifestación del Bronce peninsular, de la que se rastrea una fuerte tradición megalítica que se expresa a través de la utilización de las losas alentejanas en túmulos y necrópolis en el siglo XI a. C. (...) y posteriormente, como consecuencia de la colonización mediterránea, las estelas de guerrero. De manera que las estelas del Suroeste se desarrollarían a lo largo del Bronce Final III hasta la Edad de Hierro I o desde finales del siglo X a. C. hasta mediados del siglo VII a. C." (6g) .




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
Estelas del Suroeste, tal como las expone el MAN
(al que le agradecemos nos permita divulgar nuestras fotos). He situado a mi mujer al lado, para comprobar su escala y tamaño. Al lado y abajo, la Estela de Fuente de Cantos (Badajoz). He contrastado las imágenes, para observar sus repetidos orificios, similares a pequeñas cazoletas. Huecos que para algunos investigadores son restos de un anterior uso; pensando que se trata de una losa megalítica, reutilizada. Un rasgo, que demostraría las tesis defendidas por numerosos expertos; que ven en estas estelas, la continuación de las esculpidas durante la Edad del Bronce. Ideas especialmente promulgadas por las profesoras Ruiz-Gálvez y Díaz-Guardamino. Quienes observan en las losas de tipo tartessio, la herencia de usos e imágenes iniciadas en el megalitismo; continuadas en el calcolítico y culminadas durante El Bronce. Otros especialistas, entre los que destaca Celestino Pérez; consideran esos “vanos”, posibles representaciones de ponderales (como símbolo de unión entre el guerrero, el metal y el comercio). En la imagen, se observa claramente un antropomorfo con casco de grandes cuernos; junto a un escudo redondo y un carro (a sus pies). Aunque no vemos bien, la escena completa; que consiste en: Guerrero con casco de cuernos; a su derecha, fíbula, espada, lanza, espejo y numerosas bolas (que rodean sus piernas). A su izquierda, peine (o idiófono), escudo redondo en círculos; y bajo el antropomorfo, el carro. He de destacar, que en mi opinión, el escudo y el casco son de tipo Sardo (iguales a los que existían en la Cerdeña de la época). Lo que quizás explica el tamaño de la losa, pues los habitantes de esta isla, a fines de El Bronce, eran expertos en construir ciclópeamente sus santuarios y tumbas.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, la Estela de El Viso de Córdoba, que presenta rasgos muy semejantes a la anterior. Pues -como vemos- el casco es de cuernos y el escudo redondo, sin escotadura. Bajo el guerrero observamos una biga (carro de dos caballos) lo que supone un enorme conocimiento en el arte de enganchar y guiar cabalgaduras;
ya que estas bigas llegan a alcanzar enorme velocidad. Por su parte, el soldado luce dos espadas, lo que igualmente supone una técnica muy desarrollada en la lucha con este arma. Tal como expresan, quienes han estudiado los sistemas de pelea entre espadachines muy especializados (como los samurais). Asimismo, el guerrero lleva grandes pendientes; lo que relaciona esta imagen con los Rostros de El Turuñuelo. Donde descubrieron representaciones humanas de época tartessica, luciendo este tipo de arracadas. Bajo el escudo, parece que hay representado un carcaj y un arco. Y sobre este, un enorme peine (o bien u idiófono de cobre). Por último, en la parte alta vemos un espejo y lo que parece una pequeña lanza (quizás partida). Abajo, las estelas de El Viso de Córdoba y la de Magacela; tal como las muestra el Museo Arqueológico Nacional (al que le agradecemos nos permita divulgar nuestras fotos).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
fotografía del campo de Magacela (Badajoz); en su zona Noroeste. Por esta llanura transitaban los caminos que cruzaban desde Medellín, hasta Zarza Capilla; uniendo Ciudad Real y Almadén, con el litoral Atlántico.
Convertida en Calzada por los romanos, que numera el Itinerario de Antonino como 24 (de Emérita a Sisapo). Asimismo, en estos campos, se halla el dolmen del Cerco del Mazo; que data del Calcolítico y se relaciona con el de Azután. Dos puntos que se unían a través de la posterior calzada 25; viajando desde Magacela a Azután, a través de Guadalupe, hasta alcanzar la vereda de El Tajo (cerca de Puente del Arzobispo). Donde se halla este otro dolmen, muy cerca del yacimiento de Las Herencias (Toledo), que contiene una necrópolis tartessia, junto a la que aparecieron dos losas del mismo tipo. Abajo, Estela de Magacela; pieza que en opinión de varios expertos, sería una ara muy anterior, reutilizada. Considerando algunos profesores (como Díaz-Guardamino) que muchas de estas losas fueron antes monolitos, de la Edad del Bronce. En este caso, se cree que la de Magacela, pudo tratarse de un cipo apotropáico -y más concretamente, fálico; por su forma-. Lo que podría explicar la proximidad del hallazgo de esta losa a un gran dolmen, fechado en el Bajo Bronce. Megalito situado en la llanura Este; que podemos ver en imagen anterior. La estela contiene representado: Un guerrero (esquemático) con dedos y pies muy marcados; portando un casco con cuernos y luciendo una espada al cinto. A su lado, aparece una lanza, con cinco cazoletas o puntos. Sobre esta, se observa un espejo (o bien un cuchillo), con un extraño mango. Bajo el guerrero vemos un escudo que parece tener escotadura en “V”, pero realmente es redondo. Todo lo que nos lleva de nuevo hasta Cerdeña; pues el casco con cuernos y el de escudo circular, son de tipología sarda.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dibujos míos, donde reproduzco estatuillas de Cerdeña; datadas en el Bajo Bronce. Representan soldados, luciendo casco con cuernos y escudo redondo; muy semejantes a los que hemos visto en las estelas de Magacela y Fuente de Cantos. Sobre estos exvotos de bronce (fechados entre los siglos XII al IX a.C.); se ha descubierto recientemente que fueron fabricados con cobre y estaño, procedente de la Península Ibérica.







A-3) Últimas hipótesis sobre datación de las estelas:

Como escribíamos en otro de nuestros artículos, donde se analizaban las losas de tipo tartessio; hay muy distintas teorías acerca de sus fechas y su expansión, sostenidas por diferentes escuelas. Entre ellas, las investigaciones más recientes se deben al prof. Harrison y la prof. Díaz-Guardamino (junto a otros expertos). Quienes observan el enorme influjo y unión existente entre estas losas peninsulares y los restos arqueológicos hallados en Irlanda y en las costas de los países escandinavos -en especial de Suecia- (8) . De este modo datan el momento protohistórico en que aparecen, mucho antes. Considerando de mayor antigüedad, las losas con grabados más simples (que tan solo contienen escudo, lanza y espada). Mientras las siguientes en cronología, serían aquellas a las que añadieron algunos objetos de prestigio (junto a esas armas). Incluyendo, además de liras; espejos, fíbulas peines y liras; consideraciones que comparten profesores de la talla de Mederos, junto a los mencionados, Harrison y Díaz-Guardamino (9) .


Aunque para comprender bien el tema; debemos dividir las tendencias de pensamiento sobre sus cronologías; en las diferentes “escuelas” de arqueólogos actuales. Citando -primero-, aquella que las considera muy influenciadas por la “Civilización Atlántica”; con enormes conexiones (marinas) y que las vinculan especialmente a Irlanda y a Suecia. Son estos partidarios del “atlanticismo”, los anteriormente citados (encabezados por Richard Harrison y Marta Díaz-Guardamino); quienes fechan la aparición de las losas de ese tipo, entorno a los siglos XIV al XII a.C.. Creyendo que pertenecen a una aculturación atlántica peninsular; aunque llegada desde el Oriente mediterráneo, durante el Bronce. Todo lo que generaría por entonces, una Cultura del Atlántico; nacida de la civilizaciones predecesoras, unidas a las visitantes. Herederas del megalitismo y del Vaso Campaniforme, tanto como de Los Millares o el Argar y Las Cogotas. Tal como ya estudió maravillosamente la profesora Ruiz Galvez-Priego; teoría que pude documentar en uno de nuestros artículos, que fue leído por decenas de miles de seguidores -debido a lo que nos atrevemos a introducir la presente cita, con el fin de que los entusiastas accedan a este capítulo (10) -.


Es decir, esta primera escuela de investigadores, considera las estelas del Suroeste generadas por los herederos de la Civilización del Bronce Atlántico. Unidos a una precolonización realizada por los buscadores de cobre, estaño, plata y oro; llegados por mar a mediados del II milenio a.C.. Quienes importarían hasta el más remoto Occidente, sus costumbres y enseres, llegando desde Chipre, Creta o el Egeo; con el fin de aculturar la costa Oeste peninsular y obtener sus metales (11) . Fechando la aparición en nuestras tierras del carro y la lira, en esos años de precolonización; por cuanto su grabado en las estelas sería coetáneo a las primeras expediciones (entorno a los siglos XIV al XII aC.). Tal como manifiesta Díaz-Guardamino; apoyándose en otras tesis que apuntan a un progreso y nuevas formas, principalmente venidas del Este mediterráneo (11a) . En este último origen, coinciden los “atlanticistas” con un segundo grupo de investigadores, que asimismo consideran las estelas de guerrero “importaciones culturales”, nacidas de una precolonización; pero procedentes de zonas cercanas a Chipre y el Egeo (12) . Por lo que esta otra “escuela”, no las cree el reflejo de una civilización propiamente atlántica; heredera del mundo megalitista o del Vaso Campaniforme. Tal como nos hace ver Díaz-Guardamino, en su colosal tesis doctoral; que abarca desde los ídolos peninsulares de todas las épocas anteriores, a las Estelas de Guerrero. Con el fin de unir la aparición de las losas del Suroeste, a las figuras guijarro, los menhires antropomorfos y los bajorrelieves pétreos; esculpidos durante la Edad del Bronce peninsular.


De este modo, una segunda tendencia de pensamiento (diferente a la altlanticista), considera las Estelas de “tipo tartessio”, originadas directamente por estos precolonizadores orientales; quienes habrían importado hasta las costas Occidentales de Iberia ese estilo de representación. Haciendo nacer primero las estelas alentejanas (que se datan en los siglos XIV al XIII a.C.); de las que derivarían estas del Suroeste, originadas para ellos entorno al los siglos XII al X a.C.. Grupo de estudiosos entre los que destacan: Alfredo Mederos, Mariano Torres Ortiz y el prof. Jiménez Ávila. Que siguen -de algún modo- las teorías que promovían hasta hace no tanto, los insignes académicos: Almagro-Gorbea y Manuel Bendala. Quienes en los años setenta y ochenta, ya consideraban el origen de Tartessos, en el Egeo y en Creta; pero sobre todo, en Chipre y el mundo neohitita (13) .


Finalmente hay un tercer bloque de investigadores, que opta por una mayor participación del mundo fenicio, en la aparición y desarrollo de las estelas de guerrero. Grupo que lidera Sebastián de Celestino; quien -sin duda- es actualmente el mejor experto en esas losas de Suroeste. Por cuanto hemos de tener muy en cuenta su opinión; quizás inclinándonos hacia la idea de que han de datarse en un tiempo más reciente y más acorde con la llegada de los exploradores púnicos a nuestras tierras. Es decir, deberíamos fecharlas entre el siglo IX y el VII a.C.; comprendiendo que las “básicas” (que solo representan escudos y armas) pertenecen a una serie primera y tallada por herederos de los precolonizadores (siglos XII al XI a.C.). Mientras las “complejas”, donde veremos bajorrelieves con carros, liras, escenas de danza y hasta funerarias; serían coetáneas a la llegada y establecimiento de los fenicios en nuestras costas (siglos VIII al VII a.C.) (14) .




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
vitrina del MAN donde se expone parte del hallazgo de la Ría de Huelva;
descubrimiento sucedido en 1923, en que se encontraron más de cuatrocientos objetos de metal, pertenecientes al Bajo Bronce Atlántico (circa 1200-1000 a.C.). En la imagen podemos observar el mismo tipo de armas que las representadas en las Estelas del Suroeste. Al lado, otra vitrina del Museo Arqueológico Nacional, donde se exponen también piezas de finales del Bronce peninsular. En ella vemos, una punta de lanza (hallada en Orense) y una pequeña hacha de talón, procedente de Oviedo. Abajo, de nuevo un expositor del MAN, esta vez con enseres más comunes, también fechados en el Bajo Bronce. En la parte alta de la derecha; restos de cascos; en la zona inferior, fíbulas de codo, hojales, anillos y agujas. A nuestra izquierda, puntas de flecha (palmelas) y de lanza.



B) SIGNIFICADO RITUAL Y SOCIAL DE LAS ESTELAS DEL SUROESTE:


B-1) La falta de restos funerarios y su problema:

En el anterior epígrafe hemos planteado las dudas que subyacen sobre estos monolitos; debido a los pocos datos existentes acerca de los usos funerarios del Bajo Bronce y a que apenas sabemos nada entorno a las costumbres mortuorias tartessias. Es más, en las pocas necrópolis de Tartessos halladas -como la de Medellín, en Badajoz; La Joya, en Huelva y Las Herencias, en Toledo-; se observa un uso extraño en sus sepulturas. Al existir un gran anacronismo, en sus enterramientos; documentándose que esos cementerios permanecen en uso durante más de un siglo, pero que apenas contienen más de cien tumbas. Alternando alguna inhumación; entre varios ritos de cremación, que son los predominantes. Habiéndose constatado que en estos recintos mortuorios, apenas se ha sepultado un nuevo resto, por año -normalmente en urna de incineración; aunque hay cadáveres (incluso, dispuestos en grupo)-. Con un promedio de cien tumbas en un siglo; todo hace suponer que tan solo una clase muy cerrada -o un tipo de familias- utilizaban esas necrópolis, para dar destino a sus finados. Debiendo considerarse que el resto de la población, a finales del II milenio y en época tartessia; cumplían sus ritos funerarios sin dejar huella arqueológica.


Por cuanto expresamos serían cuatro, las hipótesis sobre el destino que daban a los muertos; durante del Bajo Bronce en el Suroeste, y más tarde en Tartessos: Primera, la inhumación del finado, en campo abierto y sin ataúd; quizás en los bosques o bajo los árboles. Segunda, la exposición del cuerpo a las aves y carroñeros; práctica indoeuropea que se mantenía principalmente entre los guerreros (cuyos cuerpos caídos en batalla, no podían recuperarse). Un rito, cuyo mito consideraba que al ser devorados esos cadáveres por los cuervos, buitres y alimañas; el espíritu renacía a través de un proceso de metempsicosis (transportado por esos animales; que incluso les ascendían a los cielos). La tercera hipótesis, es que los muertos fueran arrojados al mar o a los grandes ríos; tal como hacen los marineros cuando fallece un miembro de la tripulación (mientras navegan). Siendo una cuarta opción. para la ausencia de restos de estos finados; que los cremasen y posteriormente depositaran sus restos calcinados en las aguas (marinas o fluviales). Una idea que lanzaron los profesores Belén y Escacena, a mediados de los años noventa; aunque en su estudio no se observa la relación esta costumbre con las descubiertas paralelamente en las Islas Británicas (14b) -ver también, cita (21h) -. Inclinándome -personalmente- hacia esta última costumbre; debido a que ser el ritual seguido en otras zonas del Atlántico europeo, durante la Edad del Bronce. Pudiendo comprobarse que fue este el modo de despedir a los fallecidos, en lugares de culto tan relevantes como StoneHenge; donde se peregrinaba -desde las más remotas épocas- para cremar a los finados y entregar sus restos a las aguas del Avon. Existiendo evidencias de que durante el III y II milenio a.C.; también se depositaban en el curso alto del Avon, los muertos (tras ser calcinados). Con el fin de que llegasen hasta las proximidades del llano de Avebury. En una ceremonia mortuoria ancestral y muy semejante al que el hinduismo mantiene en el Ganges. Rito, que asimismo, explicaría la profusión de hallazgos con armas y objetos votivos lanzados a las aguas, durante esta misma época (entre los que destaca el de la Ría de Huelva).




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Arriba,
vitrina del Museo Arqueológico Nacional
(al que agradecemos nos permita divulgar nuestra fotografía). En ella, diversas armas, del Bronce Final (circa 1200/1000 a.C.), halladas en el lecho de los ríos. A nuestra derecha, algunos puñales y a su lado, tres espadas de la mísma época. Desde la superior a la inferior, en imagen: La primera (pistiliforme) fue encontrada en el Sil -entre Lugo y Orense-; principal afluente del Miño, antaño muy rico en oro. En medio (“lengua de carpa”), procede de las aguas del Guadalimar; afluente del Guadalquivir, que riega las montañas de Jaén, desembocando cerca de Linares (Cástulo, famoso por sus yacimientos de plata). La última (de pomo macizo) fue hallada en el río Alconétar -cuyo curso discurre por Berzocana y las proximidades de Cabañas de Solana-; se descubrió en la zona de confluencia con el Tajo. A mi juicio, la ofrenda de armas a los ríos, pudo estar relacionada con el rito de depositar en ellos los restos del difunto (tras cremarlos, como se hacía en las Islas Británicas durante el III y el II milenio). Al lado y abajo; dos grabados antiguos de Stonhenge. El primero, de James Malton, editado en 1800; y el siguiente, publicado por W. Miller (en 1812). A continuación relatamos algunos ritos funerarios, practicados en este chromlech inglés; descubiertos en las últimas décadas.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Dos imágenes del “Antas de Aguiar”, en Viana de Alentejo (Portugal).
En esta zona portuguesa, muy cercana a nuestra Extremadura, hay infinidad de dólmenes y megalitos; como sucede en el área de Valencia de Alcántara. Tumbas ciclópeas, que en el algunos casos fueron vandalizadas durante el Bajo Bronce; aunque en otras ocasiones, se reutilizaron. El rito funerario en los dólmenes, fue de inhumación colectiva (aunque en diferentes fases); debiendo considerarse la tumba familiar o de un grupo que lideraría la zona donde se elevaban. Apareciendo en algunos yacimientos, decenas de cadáveres enterrados; muchos de ellos con parentesco (tal como el ADN ha logrado demostrar). Debido a lo que se deduce, que el ritual original, entre las clases dominantes de la zona atlántico megalítica (peninsular); fue la inhumación en grandes tumbas de corredor. Por lo que posteriormente a comienzos del Bronce -entre el 2700 y el 2200- se pasó al enterramiento en Túmulos (muy semejantes a los dólmenes). Aunque al final de esta etapa, surgieron las cistas; como fosas individuales, imitando de alguna forma, las dolménicas.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
dos imágenes relacionadas con el enterramiento más importante del Bajo Bronce, hallado en la costa atlántica peninsular: la Roca do Casal do Meio. Al lado, atardecer junto a las playas de Setúbal (Portugal). Al fondo
de la imagen, las montañas del Parque de Arrábida, donde se halla este tolhos (túmulo orientalizante), fechado entorno al 1200 a.C.. Se trata de un sepulcro con cámara circular y falsa cúpula, al que se accede por un corredor (muy semejante a los sepulcros coetáneos, de Cerdeña). Abajo, montañas de Brecha da Arrábida, donde se encuentra este yacimiento. Al final de la imagen, vemos el estuario del Sado, en la desembocadura de Setúbal. Contiene un paisaje muy semejante al de Sanlúcar de Barrameda, en la boca del Guadalquivir (aunque en el del río Sado, se ha mantenido el gran lago interior -similar al famoso Ligustino, que se perdió en las Marismas de Doñana-).



B-2) Sentido social y uso de las Estelas del Suroeste (siguiendo a de Celestino):

Indicaremos primeramente lo que de Celestino nos dicta acerca de la posible utilización y el significado de esos monolitos; partiendo desde el problema que supone, la carencia de restos fúnebres durante el Bajo Bronce. Tema que trata este investigador, en el capítulo de su libro sobre “Estelas de guerrero”; intitulado “El enigmático mundo funerario del Bronce Final del Suroeste” (15) . Donde el autor habla del poco conocimiento aún existente, sobre los modos y usos mortuorios, durante esta época y en toda la fachada atlántica peninsular. Aunque resulta patente la existencia de un comercio atlántico; interconectado a través de la navegación y alternado con rutas de interior (15a) . Pese a los pocos datos sobre restos de finados, se piensa -comúnmente- que el rito en el Bajo Bronce peninsular fue la cista; como fórmula extendida desde el Bronce Pleno. Pese a lo que Sebastián de Celestino, piensa que no es así; considerando que estas tumbas en cista, no se mantuvieron durante el Bajo Bronce. Concluyendo que no hay resultados definitivos sobre el ritual seguido en el esta época y a finales del II milenio; pese a una clara eclosión de la población (15b) . Escribiendo el autor: “Parece que son las estelas decoradas aparecidas en el suroeste peninsular, los únicos testimonios evidentes el Bronce Final”; pese a que muchos quieran revisar el uso de estos monumentos (15c) .


De tal manera, de Celestino considera que las estelas tienen una clara unión con la muerte; y aunque no sean tumbas, pueden tratarse monolitos que marcan o recuerdan defunciones. Expresando su deseo porque algún día aparezca una estela unida a una sepultura; un hecho que sucedió recientemente (entre 2018 y 2022; decenios después de las publicaciones del autor). Hallándose tres lápidas del Suroeste, en Cañaveral de León (Huelva); en el entorno de una necrópolis. Lo que estudiaremos más adelante y lo que confirma la idea de Sebastián Celestino. Pero, siguiendo con los estudios de este investigador; en sus días, menciona la losa de Solana de Cabañas y la de Granja de Céspedes, que ocultaban cenizas en el subsuelo. Del mismo modo que la de Setefilla estaba reutilizada en una tumba orientalizante. Asimismo, destaca que algunas estelas diademadas de guijarro, están relacionadas con cistas y que también se hallaron cenizas junto a al ejemplar de la Ribera Alta, de Córdoba (15c) . Por su parte, incide en el hecho se que una lápida decorada, es la ofrenda típica y el común atributo del difunto. Por cuanto, piensa que fue esta su principal función; destacando que junto a las Estelas de tipo tartessio, hayan aparecido soportes y lajas de piedra, cortadas a modo funerario. Como sucedió en San Martín de Trevejo, en la de Navalvillar de Pela, en Cabeza de Buey II y en la de Zarza Capilla. Lo que -de alguna forma- une las piezas antes mencionadas, a la de Cancho Roano; hallada en un edificio sagrado (15d) . Sigue el prof. Sebastián Celestino, comentando que el punto más importante para comprender los ritos funerarios, durante nuestro Bronce Final atlántico; se halla en el yacimiento de la Roca do Casal do Meio (junto a Setúbal -ver imágenes anteriores-). Sepulcro de cámara circular, con falsa cúpula y al que se accede por un corredor. Exponiendo el investigador, que en su interior se hallaron los restos de dos finados; uno de ellos con argollas, pinzas y peine de marfil (inhumado junto a una ofrenda de ovino, o caprino). Mientras el otro llevaba numerosos objetos metálicos, del tipo Bronce Final, que pueden datarse hasta el siglo VIII a.C.. Por su parte, añade, que las pinzas aparecidas en esta tumba, se documentan en enterramientos de Chipre, desde el siglo XII a.C.; observando numerosos investigadores en en el monumento de Roca do Casal, un Tholos de tipo mediterráneo, o micénico (15e) .


Continúa el prof. de Celestino -en el libro que resumimos- ampliando conceptos sobre mundo funerario del Bajo Bronce. Y expresa que el ritual usado en la Península, durante la transición del II al I milenio; fue la inhumación; considerando que más tarde se debió introducir la cremación. Sin lograr todavía determinar cuándo llegó exactamente la incineración; sabemos que sucedió antes de la aparición de los fenicios. Bien sea por dispersión de Campos de Urnas, o por la llegada del ritual desde el Mediterráneo (quizás, a través de los Pueblos del Mar). Pese a ello y en el caso del Suroeste; en su opinión, la cremación no parece que se produjo debido a una gran influencia de los Campos de Urnas (15f) . Tras la anterior importante aseveración; el autor nos habla del yacimiento excavado por Delibes, en San Román de Hornija (Zamora). Donde se halló un enterramiento múltiple del Bajo Bronce, con tres inhumaciones (15g) . Pasando a tratar sobre las estelas de Zarza Capilla III y de Ategua; cuyas escenas labradas, testimonian un ritual funerario; con ceremonial muy parecido al geométrico griego -conteniendo sus grabados: danzas, libaciones e instrumentos musicales- (15h) . Asimismo, opina de Celestino; que posiblemente, las Estelas Básicas -tan solo con escudo, lanza y espada- fueran tapaderas de cistas. Siendo su hipótesis, que al añadirse a estas losas grabadas, figuras humanas y otros enseres de prestigio; sus nuevos elementos expresarían un cambio de ritos. Además, destaca que esas Estelas más complejas, irían hincadas en el suelo. Por cuanto, al no cubrir ya tumbas; es imposible saber si en el lugar donde estaban elevadas, se realizó un rito funerario. En opinión del investigador, pudo hacerse desaparecer al guerrero posteriormente; en una celebración relacionada con las aguas. Aunque otra hipótesis es pensar que aún no se han localizado esos restos (15i) .


Termina Sebastián Celestino, su capítulo sobre “El enigmático mundo funerario del Bronce Final del Suroeste”; apuntando que cada día hay más datos sobre enterramientos de esta época, relacionados con ritos unidos a las armas y el agua. Añadiendo que, de todos modos, no hemos de olvidar, como opción para justificar la inexistencia de datos arqueológicos de finados; la exposición del cadáver a las aves y las alimañas. Debiendo considerarse que ese culto ancestral relacionado con los carroñeros; es otra de las soluciones a la falta de documentación y de necrópolis. Volviendo a recordarnos, que tras la llegada de los fenicios, se generalizó la cremación; aunque se mantuvieron las inhumaciones. Observando, finalmente, que la desaparición de las Estelas, debió ser lenta y gradual; motivada por el dominio fenicio; cambiando estas losas por otro tipo de lápidas unidas al mundo púnico. Como eran las piedras inscritas, las de forma cónica o los betilos (15j) . Añadiendo, a modo de conclusión, que todos los hallazgos de Estelas de tipo tartessio, participan de una características: Están en las cercanías de ríos y en agrestes sierras -próximos al Guadiana, del Guadalquivir, o del Tajo- (15k) . Exponiendo que la primera zona y más antigua (quizás, donde nacerían) fue la Sierra de Gata; para pasar luego al Valle del Tajo y a Montánchez, donde comienzan a incluirse objetos foráneos (cascos, espejos, peines, pinzas). Extendiéndose más tarde por el Guadiana y finalmente por el Guadalquivir (15l) .



SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tres imágenes de San Román de Hornija; población vallisoletana, muy cercana a Toro. Arriba, sus campos y sus viñas; que producen algunos de los caldos más cotizados de nuestro país. Al lado, su iglesia; que hasta La Reconquista fue un cenobio visigodo;
donde hace no tanto se halló el enterramiento de rey godo Chindasvinto (junto al de su mujer, Reciberga) . Abajo, el Duero a su paso por la ciudad de Toro. En un llano, llamado La Requejada -muy próximo a este puente (de origen romano)- se halló el enterramiento del Bronce Bajo.






JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
dibujo de la tumba de La Requejada (San Román de Hornija), tal como se exhibía en el Museo Fabio Nelli -Arqueológico y provincial de Valladolid; al que agradecemos nos permita divulgar nuestras fotografías-. Se trata de una inhumación triple, donde fue hallado un ajuar compuesto por vasos y algún objetos de metal del Bronce Final. Su datación (según C14) oscila entre el 1010 y el 870 a.C.; por cuanto es coetánea a las Estelas de tipo tartessio. La profundidad de la fosa era de un metro y medio, al igual que su diámetro; y en su fondo había tres individuos dispuestos en posición replegada (dos jóvenes y otro mayor y más corpulento; cuyo parentesco no se ha podido aún determinar). Sobre ellos, un enlosado de piedras, tapaba el enterramiento, a modo de lápidas. Entre los enseres, aparecieron algunos objetos de bronce (en forma de espiral) y una fíbula de codo, igual a las representadas en las Estelas del Suroeste (ver lugar de hallazgo, en imagen). Se piensa que los inhumados, quizá eran una madre, un padre y un niño; aunque está por confirmar esta identificación. Abajo, la fíbula de codo del tipo Ría de Huelva, encontrada en la tumba de La Requejada; en San Román de Hornija.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Vasos campaniformes, del ajuar hallado en La Requejada; San Román de Hornija; tal como lo exponía años atrás el Museo Fabio Nelli
-Arqueológico y provincial de Valladolid; al que agradecemos nos permita divulgar nuestras fotografías-. Se fechan en el siglo IX a.C.; por lo que serían contemporáneos a las Estelas del Suroeste.






B-3) El problema de los enterramientos durante el Bronce peninsular:

Tras las frases e ideas resumidas, tomadas de las obras de Sebastián Celestino; me atrevería a añadir algunos matices: Primeramente, hemos de considerar la falta de cadáver del finado, un hecho común entre los muertos en batalla. Siendo -normalmente- imposible recuperar sus restos; en especial, cuando no se ha logrado vencer al enemigo. Aunque, aún habiendo terminado la contienda y tras encontrar el cuerpo del caído en lucha; el problema es trasladarlo y repatriarlo, hasta el lugar de origen. Debido a que los enfrentamientos militares solían celebrarse en puntos lejanos a zonas habitadas y agrícolas. Siendo los campos de batalla, elegidos por los contrincantes; a la espera del enemigo (o frente a ellos) y comúnmente buscando laderas o llanos, alejados de los poblados. Por todo ello, no debe extrañarnos la ausencia de restos mortuorios, junto a las Estelas; si estas celebran a los caídos en combate. Pese a lo expuesto; hemos de advertir, que si buscamos el origen del rito de exposición a los carroñeros, su significado lo encontramos en la situación antes comentada. Al dejar los cuerpos de los muertos, en el campo de batalla. Siendo la exposición a las aves y alimañas, un rito considerado celta (indoeuropeo); tal como manifiesta su uso actual, en el zonas próximas al Norte de la India. No creemos que fue este el modo de despedir a los difuntos, durante el Bronce Final; a menos que cayeran en campaña (donde había que dejarlos a la su suerte, al ser imposible recuperarlos). Debido a lo expuesto, considero que las celebraciones mortuorias más comunes durante la Edad del Bronce y su final; serían muy similares a las que llevaron a cabo en el Sur de las Islas Británicas (durante los milenios III y II a.C.). Testimoniadas en StoneHenge (16) y en los hallazgos junto al río Avon; cuyas aguas eran sagradas y allí se entregaban los restos calcinados de los finados. Guardando en el gran círculo megalítico, tan solo las cremaciones de individuos más importantes; como se ha podido comprobar en los “hoyos” de este cromlech (16a) . Pese a ello, hemos de destacar, que la inhumación también aparece en este yacimiento y en otros del Sur de Inglaterra; aunque, principalmente relacionada con sacrificios humanos (16b) .


Tras lo expuesto; considero que, en nuestra Península, los rituales de muerte durante el Bronce Bajo; pudieron ser similares a los antes referidos. Ya que esas ceremonias persistieron desde el 2700 a.C., hasta el final de La Edad de Bronce, en las Islas Británicas. Hechos que han podido documentarse en los últimos decenios; tras los estudios sobre StoneHenge, realizados por la Universidad de Bournemouth. Cuyas excavaciones sacaron a la luz cincuenta y ocho individuos cremados y enterrados en el cículo sagrado de Amesbury, pertenecientes a la etapa StoneHenge II. Fase del monumento, que se data entre el 2700 y el 2300 (aprox.); cuando todavía no se había construido el santuario de piedra. Siendo este StoneHenge II, un gran foso circular; con cuatro monolitos a cada lado y una media circunferencia hecha con postes. En esta zona media, donde se elevaban los troncos en forma de herradura; se hallaron las referidas tumbas. Que, tristemente fueron destruidas, durante una de las restauraciones del monumento, pasando a concentrarse todos los restos en un solo hoyo. Pese a ello, gracias a los estudios de ADN se logró determinar, que los huesos calcinados y allí dispuestos; pertenecían a gentes sin parentesco y con origen en muy diferentes lugares. Procediendo, del Norte de Gran Bretaña y de distintas zonas de la isla. Este hecho y el bajo número de finados encontrados; hizo suponer que podría tratarse de reyes o gobernates, que durante aquel tiempo vinieron a morir junto al primer círculo de Amesbury. Siendo otra hipótesis, que sus familiares trajeran los restos calcinados de esos ilustres jefes, desde sus tierras de origen. Asimismo, en posteriores excavaciones y durante el estudió de Stonehenge III por la Universidad de Bournemouth; se analizó la construcción con grandes moles pétreas. Apareciendo entre los restos megalíticos, un hombre sacrificado o ajusticiado; inhumado dentro del recinto sagrado. Sus restos fueron fechados entre el 2400 y el 2100 a.C.; momento en que se dató la elevación del santuario pétreo. Por su parte, el estudio óseo de las restos de aquel finado, determinó su muerte a flechazos; lo que convertía en un enigma la tumba. No solo, al desconocerse por qué a un ajusticiado se le honraba de este modo; principalmente, debido a que el enterramiento contenía un ajuar campaniforme, muy relacionado con los hallados de nuestras tierras. Conservando este "arquero de StoneHenge" enseres similares a que a los que se hallaron en la inhumación de Fuente Olmedo (Valladolid) -ver imágenes a continuación-. Tumba de un príncipe o guerrero, fechada en los mismos años (circa 2000 a.C.); documentada y excavada por Germán Delibes y Martín Valls -ver imágenes a continuación- (17) .


De tal manera, no sería extraño concluir que esos ritos de incineración y de inhumación, documentados en Gran Bretaña. Se llevasen a cabo de forma similar, en la Península Ibérica; durante el Bronce Pleno y hasta su final; habiendo pervivido hasta el tiempo de las Estelas del Suroeste. Por lo que, en nuestro caso, hemos de pensar que dejaban los huesos calcinados de sus difuntos; en las orillas del Tajo, del Guadiana o del Guadalquivir (o sus afluentes). Una hipótesis que explicaría, la aparición de Estelas próximas a los cauces de los ríos principales del Suroeste; y que puede hacernos entender la falta de necrópolis tartessias. Aunque, hemos de suponer, que los restos óseos de los más insignes, pudieron ser guardados en algún lugar; tal como hicieron en Stonhenge, con cincuenta y ocho finados (entre el 2700 y el 2300 a.C.). Quizás, enterrando a los incinerados más destacados de nuestras tierras, junto a antiguos megalitos (o en su interior, reutilizados para ese fin). Pese a ello, durante el Bronce Pleno y Final; en la Península Ibérica se practicó la inhumación (en cistas o fosas). No solo en culturas como El Argar, sino también se observa este rito en La Meseta. Tal como hemos señalado en los hallazgos de Fuente Olmedo y San Román de Hornija; aunque se documentan otras fosas similares, como es el caso de Renedo de Esgueva. Del que nos dice A. Esparza Arroyo en SOBRE EL RITUAL FUNERARIO EN COGOTAS I (20b) : Que se trataba -probablemente- de una mujer, enterrada en cuclillas. Tapada con una losa caliza y que se inhumó acompañada por un vaso cerámico; conservado en el Arqueológico y Provincial de Valladolid. Esta tumba de Renedo de Esgueva, se fecha la entorno al siglo XIII a.C.; durante la etapa denominada Cogotas I. Por lo que sería cercana -en tiempo- a las primeras Estelas del Suroeste; al igual que la de San Román de Hornija .


Consecuentemente, como rito postmortem, durante el Bronce Atlántico peninsular; solo tenemos constancia de la de inhumación. Por cuanto, para afirmar que las Estelas del Suroeste tuvieron un uso funerario, pese a la ausencia de restos bajo ellas. Solo podemos pensar que estas costumbres ancestrales, relacionadas con la cremación y exposición a las aguas; se hubieran mantenido en Iberia, durante el final del II milenio a.C.. Aunque la unión del mundo funerario con las Estelas del Suroeste, se ha podido confirmar recientemente; tras el hallazgo de tres ejemplares sobre una necrópolis (en Cañaveral de León). También hemos de suponer que la mayoría de los finados del Atlántico ibérico, eran tratados de una forma similar a la del Sur de Gran Bretaña (entregando a los ríos sus restos quemados). Un culto, que -asimismo- resolvería el bajo número de necrópolis tartessias halladas; lo que además justificaría esos pocos enterramientos existente en ellas. Pues, como hemos anotado, en los cementerios de esta etapa se contiene una media de una nueva tumba por año. Debiendo pensarse que tan solo una casta, o un tipo de familias; dejaban a sus muertos en esos recintos. Donde -como hemos visto- la fórmula general era la urna crematoria; aunque estas conviven con las inhumaciones. Cadáveres enterrados, que -a mi juicio- considero relacionados con individuos de origen autóctono, o bien con sacrificios rituales. En el primer caso, como recuerdo de las cistas y las fosas, en las que se inhumaban los principales durante el Bronce Pleno y Bajo, en nuestras tierras. En segundo lugar con sacrificios humanos; tal como vimos en nuestro anterior artículo. Lo que se desprendería en la necrópolis onubense de La Joya; donde hay ocho esqueletos en un mismo sepulcro y con extraños signos (en una tumba denominada de “los ocho lapidados”). Asimismo, sabemos que se produjeron inmolaciones de personas en Cancho Roano (18) ; por lo que creo, también fue realizado otro sacrificio humano en El Turuñelo (además del holocausto animal). Refiriéndome al cadáver encontrado en una habitación, junto al “vestíbulo” del yacimiento; y que -a mi juicio- sería otro “ofrecido en el banquete” (allí depositado, antes de incendiar el edificio y mientras lo soterraban con arena). Esta hipótesis de una inmolación; nos haría entender por qué el finado de El Turuñuelo fue dejado en posición “decúbito supino” (como si durmiera) igual que los ocho enterrados en La Joya. Cadáver al que apodaron “Desiderio” y del que se podría pensar, realizó un sacrificio voluntario; como rito de sellado final del edificio sagrado. Una inmolación aceptada, que algunos investigadores creen que también se produjo en el “arquero de Stonenenge” y en otros tantos casos investigados por la arqueología atlántica.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tres imágenes relacionadas con el enterramiento de Fuente Olmedo (Valladolid). Arriba, reconstrucción de la fosa, tal como la muestra el MAN
(al que agradecemos nos permita divulgar nuestras fotografías). Al lado, Palmelas (puntas de lanza cúpreas), halladas en esta tumba, fechada entorno al 2000 a.C.. Del ajuar original, como lo exponía años atrás el Museo Fabio Nelli -Arqueológico y provincial de Valladolid; al que agradecemos nos permita divulgar nuestras fotografías-. Abajo, vitrina con otros restos de Fuente Olmedo; expuestos años atrás el Museo Fabio Nelli. Observamos en imagen: la diadema de oro del inhumado, un brazal de arquero, junto a una punta de flecha en silex y un puñal de cobre (muy arsenicado).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Vasos campaniformes, del ajuar original de Fuente Olmedo; tal como lo exponía años atrás el Museo Fabio Nelli
-Arqueológico y provincial de Valladolid; al que agradecemos nos permita divulgar nuestras fotografías-.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS: Al lado,
detalle del puñal de cobre y del brazal de arquero, que antes habíamos visto. Abajo, la tumba de Fuente Olmedo, dibujada por A. Rodríguez González (
al que agradecemos nos permita divulgar este diseño, que he coloreado). Publicado en el trabajo de Germán Delibes de Castro; Elisa Guerra Doce y Jordi Tresserras Juan (TESTIMONIOS DE CONSUMO DE CERVEZA DURANTE LA EDAD DEL COBRE EN LA TIERRA DE OLMEDO (VALLADOLID). Muestra el modo en que fue hallado este cadáver, fechado hace unos cuatro mil años. Portando todas las armas en sus manos, luciendo la diadema sobre el cráneo y con los vasos campaniformes a sus pies. Es de destacar, que antes de inhumarlo: estos recipientes cerámicos fueron usados para libar una ofrenda votiva, con un tipo de cerveza cereal. Seguramente, tras beberla quienes honraban al difunto; romperían los cuencos, como signo de duelo, mientras enterraban al dignatario. Joven finado, del que los estudios suponen, tendría unos dieciocho años; debido a lo que se considera una tumba encargada por sus padres. El parecido de esta fosa, con la “arquero de Stonehenge” es sorprendente; por lo que deberíamos considerar un lugar mágico, esa zona de Fuente Olmedo (donde fue depositado). Aunque hay quienes creen que el joven fue allí inhumado, debido a que cayó en combate y no pudo ser trasladado a su poblado de origen. Sea como fuere, al no existir apenas restos funerarios de la época y sin conocerse los ritos que tenían; lo más lógico sería pensar en paralelismos con el arquero de “Stonehenge” (quizás como un príncipe ofrecido a los dioses). Por lo demás, en opinión del profesor Delibes, Fuente Olmedo tiene como particularidad filones de sal; lo que en la Meseta es un hecho de enorme importancia. Existiendo tan solo salinas naturales en Poza (Burgos), en las cercanías de Villafáfila (Zamora) y en las proximidades de Las Cogotas (junto a Cardeñosa, Ávila). Siendo muy importante anotar, que tanto en las lagunas de Villafáfila, como en Las Cogotas; se hallaron destacados restos campaniformes.

A LOS INTERESADOS EN ESTE ENTERRAMIENTO, LES RECOMENDAMOS LEER NUESTRA CITA (19) , que contiene un resumen de nuestro artículo: “LA PRECOLONIZACIÓN A DEBATE (parte tercera)”. Donde expongo las siguiente ideas, entre otras opiniones personales: “Todo cuanto expreso hace ver que la cultura campaniforme, tan apegada a las minas de sal en la Meseta, quizás procedía de gentes especializadas en secar pescados y carnes a la salazón -en las costas-. Partiendo desde este hecho, ello nos haría pensar que quienes difunden el vaso campaniforme -entre el 2700 al 1700 a.C. (aprox)-; probablemente proceden directamente de una “colonización” venida del Mediterráneo. Aculturación llevada a cabo por gentes que viajarían a la Península buscando sus minas de metal, pero que fueron expandiendo sus costumbres; entre ellas, la industria de la salazón. Un uso que se divulgaría mientras estos buscaban los yacimientos de oro, plata, cobre y estaño; difundiendo a la vez aquel vaso en forma de campana. Cuencos llamados de tipo Ciempozuelos, pero que primeramente veremos en el Sur peninsular (Almería), para más tarde encontrarlos en gran parte de nuestro territorio. Cerámica campaniforme que posteriormente llega a todo el área atlántica europea; especialmente a zonas muy ricas en metales preciosos (como las Islas Británicas, Bretaña o Suecia)



B-4) El significado de las Estelas del Suroeste:

Acerca del sentido y los usos de estas losas, se han formulado numerosas hipótesis; entre las que destacan dos: Su utilización funeraria (o mortuoria) y su creación como marcadores de referencia (principalmente, para señalar territorios o caminos). No debiendo considerarse ambas teorías enfrentadas; ya que numerosos investigadores admiten varias finalidades para estos monolitos. Sí hemos de considerar esas dos funciones bien diferenciadas; principalmente porque los expertos que ven en ellas un carácter funerario, dan una datación más tardía. Observándolas procedentes de un rito importado; claramente inspirado por precolonizadores peninsulares. Mientras, los que las consideran principalmente marcadores (de veredas o dominios); conciben las Estelas del Suroeste como una herencia directa del Calcolítico y del Bronce Pleno. De tal modo, hay dos “escuelas” principales; una que considera estas losas como una aportación colonial, principalmente de influjo mediterráneo (seguida por Sebastián Celestino Pérez; continuando a sus maestros: Almagro-Gorbea y M. Bendala). Mientras otra tendencia, nos habla de unas representaciones unidas a la Civilización Atlántica peninsular y a una etapa muy anterior al Hierro (una opinión que actualmente defiende Diaz-Guardamino; y hace años atestiguaron Eduardo Galán y M. Ruiz-Gálvez). Una tercera vía, consideraría estos monolitos, monumentos dedicados a un dios o a una figura religiosa; aunque esta hipótesis aceptaría -asimismo- los dos usos anteriormente señalados (que estuvieran expuestas en caminos o junto a enterramientos). De tal manera, vamos a señalar algunos de estos puntos, tal como exponen los diferentes expertos:


Acerca de su posible origen, incluso anterior a la Edad del Bronce: “Primitiva Bueno haría nuevas aportaciones al analizar las estatuas-menhir y las estelas antropomorfas de la región extremeña, de las que dedujo que existía una fuerte tradición megalítica que se expresaba a través de la utilización de estos soportes pétreos documentados en toda Europa occidental y, sobre todo, en la península Ibérica (...). Por su parte: Ruiz-Gálvez y Galán Domingo realizaron estudios relacionados con el paisaje y el territorio de las estelas del Suroeste, revelando que éstas se solían situar en zonas de paso natural, asociadas a poblados, e interpretadas como hitos de vías ganaderas, zonas de explotación minera y rutas comerciales" (20) . Más recientemente (hace unos veinte años) los profesores Antonio Tejera Gaspar, Jesús Fernández Rodríguez y Marcos Rodríguez Pestana; publicaron un estudio (21) , describiendo todos los pormenores acerca del significado y uso de estas losas. Opúsculo donde comienzan exponiendo que esta “interpretación de lo figurado en dichos monumentos sólo se refiere a las conocidas “estelas decoradas”, o “estelas de guerreros”, dejando fuera las denominadas “estelas diademadas” y las alentejanas, por considerar que unas y otras se enmarcan en un ambiente cultural que si no distinto, no nos parece –al menos por ahora–, que respondan a un mismo contexto social y religioso(21a) .Una idea en la que estamos plenamente de acuerdo, pues ni la Estelas Alentejanas, ni las diademadas; parecen iguales a “las de guerrero” -en uso y significado-. Diferenciándose en épocas y en estilos; así como en cuanto pueda simbolizar lo que representan.


Continúan estos tres autores, analizando el significado de estos monolitos y su posible uso funerario. Expresando que desde la primera documentada -hallada en Solana de Cabañas en 1889-; se vinieron considerando marcadores de tumbas. Pensando los investigadores, que la figura antropomorfa representada; correspondía al difunto que homenajeaban. Teoría que fue seguida por M. Almagro Basch; quien recogió como prueba la Estela de Granja de Céspedes, que tapaba una tumba de inhumación. Pese a ello, no había consistencia para mantener esta teoría y su falta de contexto arqueológico fue creciendo, conforme aparecían más ejemplares. Lo que sucedió gradualmente desde 1950; llegando Almagro Basch a tener muchas dudas sobre esta hipótesis. Tantas, que cuando apareció la de Figueira (población sita en Lagos; el Algarve portugués) y se afirmó que cubría otro enterramiento; este profesor se retractó, aseverando que no compartía los pormenores del hallazgo. Escribiendo Almagro Basch, textualmente: ““se hallaron unas lajas de piedras dispersas y no es seguro que esta estela apareció cubriendo unos restos humanos hallados dentro de una cista que estaría señalada por una estela”(21b) . Continuando con el estudio que resumimos, escrito por Antonio Tejera, Jesús Fernández y Marcos Rodríguez; su siguiente epígrafe, contempla la posibilidad de que estas losas fuesen “marcadores étnicos”. Siguiendo así la hipótesis defendida desde los años noventa por Ruiz-Gálvez y Eduardo Galán; quienes consideran que “servirían como indicadores de rutas de ganado, o como hitos visuales de control y reclamación de recursos, especialmente ganadero” . Teoría que es muy sugerente -en opinión de quienes redactan la obra que resumimos-; aunque necesitaría de mayores pruebas, ya que se basa en una comprensión social y cultural de Tartessos, que aún se nos escapa. Pues supone un alto nivel de centralización; donde los caminos para el pastoreo y el transporte de mercancías (metales), deberían estar bien delimitados y marcados. Siendo estas losas, además de señales en las vías; marcas territoriales o símbolos guerreros, con los que se indicaría una zona de dominio y de tránsito (21c) .


La siguiente idea acerca del uso en las referidas Estelas -recogida por A. Tejera, J. Fernández y M. Rodríguez-; sería considerarlas monolitos, que rinden culto a deidades de la época. Escribiendo “las figuras de las estelas no representarían necesariamente a un guerrero, sino a una divinidad guerrera, o de otras muchas atribuciones. Y las armas, junto a los otros objetos que frecuentemente le acompañan, ya sean espejos, liras u otros, se corresponderían con los símbolos que les son propios(21d) . Hipótesis que tampoco podemos desechar y que hemos explicado ampliamente en dos artículos míos. Donde expuse el posible significado de las liras representadas en ellas; tanto como el simbolismo durante la Antigüedad, del espejo, la cuerda y otros objetos de prestigio (22) . De tal modo y tras plantear los autores estas tres hipótesis de uso (para las Estelas de Guerrero); expresan que uno de los problemas mayores que presentan es la descontextualización, en sus apariciones. No habiendo sido prácticamente ninguna hallada por arqueólogos; sin existir una documentación válida y fiable, cuando son encontradas por gentes del lugar o agricultores. Sin testimonios fidedignos, que las unan a las necrópolis o tumbas (hasta hace muy poco); para ellos, ha de considerarse que no hay pruebas suficientes (ni fehacientes) para catalogarlas como tapas mortuorias -al menos, hasta el momento en que se redactaba el opúsculo que resumo-. Tampoco hay datos definitivos de su vinculación a caminos, ni veredas de la época. Ni siquiera a rutas mineras o centros auríferos (como otros autores proponen); siendo también imposible conocer si eran monolitos donde se adoraban dioses de la época. Por cuanto, la conclusión más certera -hasta ese momento- fue aseverada por de Celestino; al expresar que su característica común, era la ubicación junto a cuencas fluviales (no de grandes ríos, pero sí en sus afluentes). Destacando también como nota muy repetida; su hallazgo entre montones de piedras; lo que les hace suponer un entorno original rodeado de lajas (quizá así dispuesto, como un recinto sagrado). Aunque, en muchos casos, se pudiera suponer que esos majanos (conjuntos pétreos); fueran simples agrupaciones realizadas en labores agrícolas modernas (21e) .




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
tres imágenes relacionadas con el Cabo de Sagres; donde escribe Estrabón que se hallaba el Hieron Akroterion. Último punto de la tierra conocida, al que los iberos iban a homenajear a sus dioses; realizando el rito de libar y voltear las lajas que allí existían.
Mencionan los autores del opúsculo que resumimos (A. Tejera, J. Fernández y M. Rodríguez), que muy cerca de este Cabo de San Vicente se halló la estela más occidental de todas las encontradas. Considerando que los rituales de veneración a las lajas, pudieran tener relación con esas losas grabadas. Arriba, la punta de Sagres. Al lado y abajo; grupo de piedras, tal como se acumulan en los cultivos, junto a este cabo. He situado al lado a mi mujer, para que comprendamos la escala y el tamaño de las rocas.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Uno de los puntos que apenas se ha tratado, es la relación de la Sal, con las Estelas del Suroeste. Aunque se han realizado numerosos estudios sobre la aparición de estas losas y los yacimientos con metales (oro, plata, cobre y estaño). No conocemos una obra donde se mencione la sal, como un nexo que pudiera promover la existencia y elevación de estos monolitos. Pese a que este mineral ha sido siempre fundamental; y de forma muy especial durante la Edad del Bronce. Ya que gracias a la sal puede curtirse bien la piel y -además- es uno de los medios que más facilita el pastoreo. Ya que tanto el ganado bovino, como el caprino y el ovino, se deja guiar fácilmente si se le ofrece sal; produciendo más leche y de mejor calidad (al provocar sed). Al lado y abajo; imágenes de salinas en el Sur de Portugal junto al Alagarve y en las cercanías de Figueira (donde fue hallada una estela de tipo tartessio).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
De nuevo, las salinas del Algarve, donde se produce una de las mejores sales del Mundo.








De tal modo, A. Tejera, J. Fernández y M. Rodríguez; plantean los numerosos casos en que estas losas fueron encontradas en un entorno pétreo (rodeadas de lajas). Lo que hace pensar en un cierto tipo de construcción ceremonial; quizás una disposición artificial, semejante a cromlechs o templetes exteriores. Aseverando los autores, que ese contexto de aparición, se observa en lugares posiblemente sacralizados durante el Bronce Bajo. Exponiendo que al considerarse el modo en que estos monolitos iban hincados en el suelo; quizás todo sugiere, que se levantaban entre otras muchas losas (de mayor o menor tamaño y también elevadas en la tierra ). Por cuanto, la aparición de cenizas sin restos de cremación humana, en los emplazamientos de su hallazgo; quizás refiere a este tipo de agrupaciones sacralizadas, donde se realizasen prácticas ceremoniales. Libaciones, hogueras y ofrendas en honor de estas piedras; como ritos comunes durante la antigüedad de la Península. Celebraciones ibéricas que fueron mencionados por diversos autores clásicos; de las que recoge el estudio varias citas. Destacando Antonio Tejera, Jesús Fernández y Marcos Rodríguez; el famoso rito de voltear las lajas, que realizaban en el Hieron Akroterion; identificado con Cabo de San Vicente. Un punto geográfico considerado por entonces el "Fin del Mundo" (última tierra conocida) y en cuyas proximidades se ha hallado la estela más occidental, entre las encontradas -aparecida en Aldea Figueira, junto a este Cabo de Sagres (sagrado)-. Por último, añade el estudio que las cazoletas y vanos que aparecen tallados en las losas, quizás puedan tener este significado; como puntos donde libar o realizar ofrendas, sobre ellas (21f) .


Pasan más tarde -los autores-; a mencionar una teoría sobre los ritos funerarios tartessios, que ya hemos expresado. En nuestro caso, relacionándola con Stonehegne y las celebraciones mortuorias en el río Avon; donde durante la Edad del Bronce se esparcían las cenizas, tras las cremaciones (21g) . Idea que expusieron en los años noventa, los profesores Escacena Carrasco y Belén Deamus (21h) -ver (14b) - . Considerando que arrojar a las aguas los restos del cadáver incinerado, pudo ser una costumbre común; en el Suroeste peninsular, durante el Bronce Final. Celebración, que según los investigadores antes referidos, justificaría la práctica inexistencia de necrópolis de la época y la aparición de numerosos hallazgos de armas en las cuencas fluviales. Una idea de Belén y Escacena; sobre la que hemos de añadir, que fue descubierta y comprobada durante las excavaciones de los años noventa, en Stonehenge y sus alrededores. Por su parte, hemos de añadir, que el rito arrojar armas a las aguas; es de carácter ancestral en tierras peninsulares. Documentada desde el Neolítico en nuestras Península; habiéndose descubierto innumerables bipennas votivas (de piedra pulida), aparecidas en las cuencas y orillas fluviales -especialmente en la Cornisa Cantábrica-. Un hecho, que podría justificar la posterior expansión de esta ceremonia, por el litoral atlántico europeo; exportándose desde Iberia, del mismo modo que se difundió el Vaso Campaniforme.


Tras lo expuesto anteriormente, daremos fin a este epígrafe donde hemos tratado sobre el significado y uso de las Estelas del Suroeste; citando algunas teorías más. Hipótesis, que principalmente conciernen a su creación y el modo en que aparecieron (geográficamente repartidas). Comenzando por la del profesor Alfredo Mederos, que las considera nacidas en relación con la explotación minera; sin dejar de unirlas a las rutas de navegación (fluviales y marinas). Una idea que se refleja igualmente en los estudios de los profesores Bedala y de Barceló; quienes -asimismo- ven en estas losas el reflejo de las vías interiores, en busca del estaño y del cobre (durante el Bronce Final). Lo que, de algún modo, se relaciona con las hipótesis de los profesores Berrocal y de Gibson; que destacan la relación de las Estelas Diademadas, con los ríos auríferos. Pese a cuanto hemos expuesto, los últimos estudios, se orientan hacia las dos ideas anteriormente desarrolladas y expuestas: Una hipótesis que las considera herencia del Bronce Pleno y por lo tanto hemos de ver en ellas marcadores (de caminos, territorios o lugares sagrados) -actualmente defendida por Díaz-Guardamino, Galán y otros-. Mientras una diferente escuela las relaciona con un tipo de aculturación; por cuanto no es fácil determinar su uso, pudiendo tratarse de losas funerarias o de señalizaciones (religiosas, de dominio etc); teoría que desde hace unos veinte años sigue de Celestino.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres fotos del Parque Natural de Aracena (Huelva); donde se encuentra el yacimiento de Las Capellanías, en el que se hallaron tres nuevas Estelas del Suroeste.
En imágenes, tomadas desde los altos de Zufre, se observa el embalse de Aracena, en cuyas proximidades fueron encontradas las losas; junto a una necrópolis de la Edad del Bronce, reutilizada en época tartessia.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Mapas, relacionados con Cañaveral de León, municipio donde se halla el yacimiento de Las Capellanías. Al lado, situación de la población, muy cercana a Zufre y Aracena.
También próxima a Jabugo y a Almadén de la Plata; lugares famosos por su magnífica situación para el pastoreo porcino y la obtención de jamones y por sus minas. Abajo, principales Cañadas Reales de la Península; caminos de trashumancia milenarios, que desde el neolítico se han utilizado como vías de comunicación y trasiego de ganado.



C) ENIGMA DE LAS ESTELAS DEL SUROESTE, TRAS EL HALLAZGO EN CAÑAVERAL DE LEÓN (HUELVA):


C-1) El yacimiento de Las Capellanías:

Al reiniciar esta segunda etapa de “Tartessos y lo invisible en el arte”, expusimos que en julio de 2019, decidí realizar una pausa en el blog. Sin añadir más artículos durante un tiempo; debido a los diferentes avances y nuevas aportaciones que por entonces surgían. Refiriéndonos, especialmente, a la aparición del “patio del holocausto” en El Turuñuelo. Aunque, a este hallazgo, habíamos de añadir otro de gran importancia (también sucedido en el año 19); que podía cambiar por completo los datos sobre el mundo funerario tartessio. Más concretamente, el posible significado de las Estelas del Suroeste; al haberse encontrado una de ellas (en Cañaveral de León) cuyos alrededores comenzaron a excavar en estos años. Lo que se debió a la aparición casual de una losa, en la primavera de 2018; cuando fue entregada por unos operarios que arreglaban el camino de Las Capellanías. Encontrando esa lápida con bajorrelieves representando un “antropomorfo con diadema”. De tal modo, tras el fortuito hallazgo; se tramitó y buscó financiación para excavar la zona. Logrando comenzar las prospecciones, gracias a la gestión de David W. Wheatley y Marta Díaz-Guardamino; quienes, junto a Leonardo García Sanjuán y Timoteo Rivera Jiménez, lideraron los trabajos de campo durante cuatro temporadas. Estudiando ese terreno donde se halló la primera pieza (hoy conocida como Estela de Cañaveral 1); realizando una labor de análisis minucioso, desde 2019 hasta 2023. Cuyo fruto fue documentar en el yacimiento una necrópolis de la Edad del Bronce, reutilizada en la Primera Edad del Hierro; y descubriendo dos estelas más. Lo que supuso levantar tres ejemplares, en su entorno y contexto; algo que jamás había sucedido (pese a ser casi doscientas las Estelas del Suroeste, catalogadas hasta hoy).


Para comprender los pormenores de las referidas campañas y sus conclusiones; recomendamos a nuestros lectores, consultar en internet la conferencia pronunciada en el Museo Arqueológico Nacional, por los profesores: Leonardo García Sanjuán, Marta Díaz-Guardamino y Timoteo Rivera Jiménez (23) . Donde explican lo acontecido en las excavaciones de Las Capellanías (Cañaveral de León); comenzando la exposición García Sanjúan, mencionando que el lugar está próximo a diferentes poblados y necrópolis del Bronce. Tratándose de un área muy rica en filones de metales preciosos, e ideal para el pastoreo; por cuanto, el camino donde se halló la estela, debió ser cañada de trashumancia desde los tiempos más remotos. Ante esta primera idea, añadiremos algunos datos que creo importantes, acerca de este enclave onubense del Parque Natural de Aracena; situado junto al embalse del mismo nombre. Que dista unos 40 kilómetros de Almadén de la Plata (en línea recta) y a unos cien de Huelva capital y otros tantos de la ciudad de Sevilla (por carretera). Lo que supone un emplazamiento de enorme importancia durante la Edad del Bronce y en la época tartessia; no solo debido a su riqueza en oro, plata, cobre y estaño. Sino, por ser un verdadero paraíso natural; pleno de ríos y manantiales, con un invierno primaveral, cuyas temperaturas nocturnas no conocen el hielo. Lo que resulta ideal para el pastoreo; ovino, caprino y porcino (tanto, que en sus inmediaciones se halla Jabugo). Características que le llevarían a convertirse en punto inicial o terminal de trashumancia; veredas que en imagen superior hemos ilustrado. Llegando -o partiendo- desde sus inmediaciones; las siguientes rutas de pastoreo:

-Cañada de La Vizana, también llamada “de La Plata” (marcada como 2 en nuestro mapa).

-La Real Segoviana (con el número 5), que se une a la anterior en Badajoz.

-La Cañada Leonesa (indicada con el 4); enlazada con la Segoviana a la altura de Puente del Arzobispo (en el Tajo).

-Las Cañadas Reales Sorianas, Occidental y Oriental (señaladas como 7 y 8)

-La Cañada Real Galiana (que indicamos como 9).


Tras nuestra observación sobre la importancia de la zona, para la trashumancia y el pastoreo (ovino y porcino). Seguimos con los datos que aporta, la conferencia pronunciada en el MAN, por los referidos profesores (Díaz-Guardamino; García Sanjuán y Rivera Jiménez,). Donde relataron el modo en que se sucedieron las excavaciones, durante las diferentes campañas. Habiendo hallado el primer año, los restos de unas fosas en cista, de la Edad del Bronce; en la zona donde apareció la primera Estela (conocida como Cañaveral 1). Tras lo que continuaron las prospecciones, al ser evidente que estaban sobre una necrópolis. De este modo, mientras estudiaban los pormenores de esas tumbas; encontraron en el año 2022, una segunda losa. Que en este caso era de guerrero y representa un “soldado” de tipo tartessio, con su armamento y enseres de prestigio. Finalmente, en verano de 2023, hallaron la tercera estela; muy semejante a la primera (en su estilo y grabados); aunque de mayor de tamaño. Pues esta última superaba los 400 kilos de peso, mientras “Cañaveral 1” tiene unos 240 kilos y la segunda apenas sobrepasa los 100 kg.. En lo que refiere a la necrópolis, se excavaron unas catorce tumbas dispuestas en cistas y fechadas en la Edad del Bronce; aunque algunas habían sido “transformadas”, vaciadas y reutilizadas posteriormente. De tal manera, la datación de los enterramientos originales -pertenecientes al Bronce- se cifra desde comienzos del III milenio, a finales del II milenio a.C. (2700 al 1200 a.C.). Aunque, hubo un posterior uso de las mismas cistas, “expoliadas” y reutilizadas en tiempos de la Primera del Hierro; segunda etapa que podemos fechar entre el 1100 y el 700 a.C.. Todo lo que envuelve en un dilema las referidas estelas y su datación; máxime cuando las fosas de la Edad del Bronce, fueron saqueadas y algunas usadas en época tartessia, tal como manifiestan los ajuares hallados en ellas. Encontrándose en estas cistas reutilizadas, cremaciones guardadas en vasos cerámicos, con asas (a torno) y de tipo “chardón”; todos de enorme influencia orientalizante. A ello, se une, que en las tumbas vaciadas y usadas posteriormente; aparecieron fusayolas y objetos de vidrio, típicamente fenicios. Lo que fecha estas segundas inhumaciones, entre los siglos IX al VIII a.C..


Cuanto hemos narrado, podría justificar perfectamente la aparición de tres estelas de tipo tartessio, sobre una necrópolis de la edad de El Bronce. Debiendo pensarse que desde el 2700 (aprox) y hasta finales del II milenio; el lugar se estuvo utilizando como cementerio de dignatarios del Bronce -asentados en poblados cercanos-. Aunque, durante a el Bronce Final, el lugar pasaría a ser dominado por nuevos individuos. Quienes -probablemente- ya conocían el hierro; o habían sido aculturados por precolonizadores. “Aleccionados” por gentes llegadas del mar, procedentes de Cerceña, Etruria, El Egeo, Chipre o Creta; que arribaron hasta las costas atlánticas y del Sur peninsular, buscando refugio o metales preciosos. De tal modo, entorno a los siglos XIV al XII a.C. (en que se fecha esta precolonización); habrían aparecido esos visitantes orientales, atraídos por las riquezas de nuestras tierras, o bien huyendo de las crisis del Este mediterráneo. Quienes enseñarían otras costumbres, armas novedosas y diferentes artes, a los habitantes autóctonos; naciendo así, el “embrión” de Tartessos. Comenzando estas gentes aculturadas por los venidos de tierras lejanas; a dominar las zonas más importantes de la Edad del Bronce (con, o sin la colaboración de esos visitantes). De ese modo, podemos suponer que el área de Cañaveral de León fue dominada por nuevas tribus a finales del II milenio; saqueando y reutilizando las antiguas tumbas, los nuevos señores del lugar. Pasando a enterrarse en algunas de ellas, como muestra de su poder y rango, frente a los habitantes originarios. Quienes, bajo su custodia, les reconocerían como gobernantes; dejándoles ocupar aquella necrópolis milenaria, como muestra de una herencia legítima de mando (sobre ellos y sus tierras). De tal modo, entiendo -personalmente- la aparición de estelas tartessias sobre la necrópolis del Bronce; la reutilización de las cistas antiguas y el hallazgo en ellas de ajuares de tipo orientalizante.



ARRIBA: Detalle de la Estela de Heredade de Abobada (Portugal), tal como la expone el Museo Regional y Arqueológico de Beja (al que agradecemos nos permita divulgarla). Hemos contrastado la fotografía para analizar bien lo que representa. Pudiendo afirmarse que se trata de un guerrero, que porta dos lanzas (o bien espadas) en cada mano; y con lo que parece un arco (en forma de media Luna) con un carcaj (en la mano izquierda). Llama la atención su vestimenta y el pectoral cruzado; lo que me lleva a considerar que se trata de una armadura (de cuero o esparto). Coraza que también veremos representadas en las Estelas de Cañaveral 1 y 3.



JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
La Estela Cañaveral 1; coloreada por mí desde un dibujo que proporciona en su exposición, el Museo Arqueológico de Huelva
(al que agradecemos nos permita divulgarlo). Para una mejor comprensión de la pieza, hemos pintado el fondo en tono rojizo, tal como parece que hicieron en su tiempo (al menos, sobre la losa tercera; como se ha comprobado, al hallar restos de pigmentos bermejos en su superficie). Considerando expertos. como Díaz-Guardamino, que este color sanguino podría destacar más sus rasgos y grabados; fortaleciendo el significado de la losa y resaltando su presencia. Por lo demás, nos hemos tomado la libertad de añadir tonos, para distinguir los diferentes dibujos en bajorrelieve. Marcando: En naranja, el casco. En amarillo, el hacha de talón, espejo y torques (pectoral o lúnula). En verde, posible fíbula o broche. En morado, la coraza. En rosa, el peine o idiófono. Al margen de lo señalado, hemos de destacar el bigote que luce el personaje y el casco -con penacho- que lleva sobre su cabeza. Asimismo va vestido con protecciones de cuero; o bien, con una armadura fabricada en materiales usados en la época, para este fin -esparto, hueso, conchas, caparazón de tortuga y etc-. El mango del espejo es muy parecido al representado en la estela de Orellana (actualmente en Asturias); donde figura este asa, dibujada con orificios.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
La Estela Cañaveral 2; también coloreada por mí desde un dibujo que proporciona en su exposición, el Museo Arqueológico de Huelva (al que agradecemos nos permita divulgarlo). De igual modo, para una mejor comprensión de la pieza, hemos pintado el fondo en tono rojizo, tal como parece que hicieron en su tiempo (al menos, sobre la losa tercera; tal como se ha comprobado al hallar restos de pigmentos bermejos en su superficie). Destacando en verde, la espada y la fíbula (o broche, de bronce). En amarillo, el espejo. En marrón, el arco, las flechas y un posible carcaj (o escudo). Debajo del antropomorfo, algunos expertos (como Díaz-Guardamino) consideran que estaría representado un cuadrúpedo -perro-; creyendo que la losa se utilizaba originalmente como tapa de sepulcro (sin hundirla, para elevarla en vertical). Aunque, en mi opinión, esta zona inferior estaría bajo tierra; pues la forma de su laja lleva a pensar que fue creada para ser hincada sobre el terreno. Su tipología nos conduce hasta las Estelas de Guerrero, dándose la circunstancia de que el antropomorfo luce un casco con enormes cuernos. Tal como llevan algunos de los representados en otras piezas de “tipo tartessio”; con esas grandes astas sobre sus cabezas. Cornamenta que nos recuerda a los soldados sardos nuragas; datados en época contemporánea a las Estelas del Suroeste (entre el 1200 y el 900 a.C.). Es de destacar, que muchos de los exvotos de Cerdeña, que representan guerreros con casco de cuernos; fueron fabricados en bronce, utilizando cobre y estaño de la Península Ibérica.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
La Estela Cañaveral 3; también coloreada por mí desde un dibujo que proporciona en su exposición, el Museo Arqueológico de Huelva (al que agradecemos nos permita divulgarlo). De igual modo, para una mejor comprensión de la pieza, hemos pintado el fondo en tono rojizo, tal como parece que hicieron en su tiempo (al menos, sobre este ejemplar; como se ha comprobado al hallar restos de pigmentos bermejos en su superficie). Se trata de una pieza de enormes dimensiones y un gran peso; de unos 440 kilos. He destacado en amarillo, el peine y el pectoral (torques); junto a un posible protector de las “zonas nobles”. Me refiero a una pretina (o coquillera metálica), que se situaba sobre el sexo; con el fin de que no sufrieran allí daño, mientras luchaban. Aunque, también es posible que el dibujo del falo y los testículos; tenga un carácter apotropáico o indicativo de poder. El personaje porta dos espadas, una más corta que otra; lo que acredita un conocimiento de la lucha con armas blancas, cuerpo a cuerpo y con gran destreza (como sucedía con los Samurais, que igualmente llevaban un espadín y una daga larga). Al lado de su oreja derecha, se vislumbra lo que sería un peine; aunque también podría tratarse de un idiófono de cobre. A mi juicio, lleva casco (no diadema); con una tipología representada en muchas otras estelas: Redondo y sin penacho. Cuya forma y estilo, se corresponde con los hallados en numerosos yacimientos de la época. El torso está cubierto con lo que parece una armadura o coraza (tal como observó Díaz-Guardamino). Por último, sus deformes pies (de cuatro dedos), no sabemos si indican unas espinilleras. Pudiendo tratarse -a mi juicio- de dos protectores de piernas, hechos en cuero (semejante al que luce en el pecho).




C-2) El enigma de las tres estelas, tras las excavaciones del yacimiento de Las Capellanías:

Los hechos redactados en el epígrafe, donde exponíamos un relato concatenado, sobre la aparición de las tres losas. Explican -a mi modo de ver- el uso en época tartessia de la necrópolis; además de la colocación de esas lápidas sepulcrales, sobre tumbas (una vez vaciadas y reutilizadas por los nuevos dueños del lugar). Pese a ello, esta hipótesis, no concuerda con las conclusiones obtenidas durante las excavaciones; por lo que resumiremos cuanto recogen sobre ellas, sus directores de campaña. Deducciones finales, que se redactan en un estudio recientemente publicado; firmado por varios autores y encabezado por los referidos profesores: García Sanjuán, Díaz-Guardamino y Rivera Jiménez (24) . Opúsculo del que resumiré las ideas más importantes, y donde comienzan explicando que este trabajo se centra -principalmente- en la estela de Cañaveral, numerada como “2” (la que representa un guerrero -ver imágenes anteriores-). De tal modo, al inicio del estudio exponen como analizaron la pieza, utilizando los métodos más modernos: Luminotécnicos, geoarqueológicos y hasta de arqueoastronomía; para obtener el máximo de datos. Escribiendo como han podido demostrar que estas losas “se utilizaban como monumentos, tanto en la conmemoración de enterramientos como en la marcación territorial y paisajística con una fuerte asociación a los caminos. Esta evidencia proviene del trabajo de campo realizado en el yacimiento de Las Capellanías (Cañaveral de León, Huelva)”. Ya que “El descubrimiento constante de nuevas estelas a lo largo de los años no contribuyó a esclarecer su contexto, ya que, en la mayoría de los casos, no se encontraron como resultado de trabajos arqueológicos de campo (… ) Debido a la falta de evidencia contextual verificada (sobre características funerarias o de otro tipo), en la década de 1990, se destacó el papel de las estelas guerreras como marcadores territoriales (24a) .


Pasan los autores a mencionar otras Estelas del Suroeste, que se hallaron en un medio con cierta contextualización arqueológica; tal como fueron las de: “Setefilla, Cancho Roano, Pocito Chico y Arroyo Manzanas”. Aunque su aparición en un entorno vinculado al lugar original en que se elevaron esos monolitos, tampoco contribuyó mucho al esclarecimiento de su uso y significado; ya que en la mayoría de los casos estaban reutilizadas. Exponiendo que -de un modo muy diferente- en este estudio se va a tratar sobre la de Cañaveral 2; que es la única losa que se ha levantado, en su lugar de origen, milenios después de que fuera ocultada por la tierra. Tras ello, el opúsculo, pasa a describir la escena que contienen sus grabados pétreos, destacando que el guerrero figura con seis dedos en los pies; una “rareza” (polidáctilia) que durante la antigüedad -en ocasiones- se atribuía a los héroes (24b) . Mas tarde, relata como en las excavaciones, pudieron comprobar que bajo ella, se hallaba una estructura circular de unos seis metros (1,9 m. de diámetro); que contenía dos cistas rectangulares, hechas en pizarra y datadas en la Edad del Bronce (comunes a otras fechadas entre el 2200 y el 1500 a.C.). Dichas tumbas, estaban vaciadas y carecían de restos humanos; debiendo deducirse que cuanto contuvo la fosa, se había extraído a conciencia, sin dejar un solo indicio. Asimismo, “Una vez levantada la estela, se hizo evidente que el relleno de piedra y tierra del túmulo también se encontraba debajo de la mayor parte de ella, lo que sugiere que la estela había sido enterrada deliberadamente dentro del montículo(24c) . Todo ello, a mi juicio, supone una amortización de esta necrópolis, en tiempos de los nuevos ocupantes (tartessios). Destrucción a manos de sus “dueños” durante la Edad del Hierro, que podría significar un ritual semejante a los seguidos en Cancho Roano y en El Turuñuelo. Deshaciendo el lugar y sellándolo bajo el terreno, para amortizarlo (poniendo fin a su uso); o para que no cayese en manos ajenas (que lo profanasen).


Tras lo expuesto, el estudio que resumimos, pasa a plantear el gran problema surgido durante estas excavaciones; al levantar la estela segunda de Cañaveral (in situ). Pues su medición de luminiscencia estimulada ópticamente (OSL), aporta “extrañas referencias”; datando entre el 2340 y el 1680 a.C., el momento en que fue tumbada definitivamente sobre el suelo. Todo lo que nos llevaría a aseverar, que esta pieza se movió por última vez, en la Edad Plena del Bronce; planteando un enorme problema, pues las Estelas del Suroeste se fechan entre el siglo XIV y el VIII a.C. (como máximo). Tras ello, los autores hablan de un posible fallo en la medición por OSL, quizás debido al comportamiento de los sedimentos que quedaron bajo la pieza (24d) . Pasando a justificar la altísima datación que se obtiene a través del estudio lumínico (OSL); refiriendo numerosas losas del mismo tipo, halladas junto a necrópolis de cistas, pertenecientes al Bronce Pleno. Como las de Alfarrobeira y Ervidel 2 (Portugal), o las de El Cerezal y Hernan Pérez (Cáceres) (24e) . Para continuar explicando el paralelismo de la necrópolis de Las Capellanías, con otras similares (de la Edad del Bronce); incluyendo una que se halla a tan solo cincuenta kilómetros del yacimiento de Cañaveral (llamada Las Traviesas). Más tarde escriben textualmente: “ durante la temporada de excavaciones de septiembre de 2023 (aún no publicada), se halló una cantidad considerable de restos humanos incinerados (actualmente en estudio), lo que confirma, de forma indiscutible, su uso funerario. La amplia gama de similitudes entre las estructuras funerarias de Las Capellanías y las datadas en la Edad del Bronce y la Edad del Hierro, así como la cultura material desenterrada en 2023 y las dataciones por luminiscencia estimulada ópticamente (OSL) de la estela n.º 2, incrustada en el montículo de la Estructura 1 aquí descrita, sugieren que el uso del sitio y de la estela guerrera que contiene se extendió durante varios siglos, desde finales del III milenio a. C. hasta el II milenio y la primera mitad del I milenio a.C.(24f) . Unas conclusiones, que -a mi juicio- son demasiado indefinidas; pues -realmente- no determinan de qué época son las estelas, ni explican la reutilización de la necrópolis. Mucho menos, justifican cómo y por qué, una Estela de Guerrero, pudo fecharse entre los siglos XXIV al XVII a.C.; a través del análisis lumínico (OSL).


Termina el opúsculo que resumimos con las siguientes frases: “La estela nº 2 de Cañaveral de León amplía y enriquece este antiguo debate, ya que la cronología OSL proporciona edades máximas para su desmantelamiento, que pudo haber tenido lugar en cualquier momento entre c. 2340 y 1680 a. C. o más tarde. (…) Por lo tanto, la investigación realizada en Las Capellanías abre la posibilidad de que algunas estelas «guerreras» del suroeste ibérico se hayan creado antes de lo que se pensaba, ampliando así el rango temporal de estos notables monumentos. (…) Estelas que con frecuencia se han visto como separadas en tipo y temporalidad, como las "con tocado" (o "diademas") y las denominadas "guerreras", se encuentran a escasos metros de distancia en Las Capellanías, cerca o integradas en monumentos funerarios adyacentes o incluso unidos entre sí. Esto abre una perspectiva completamente nueva sobre estos monumentos, marcada por la fluidez de conceptos gráficos, temas y narrativas. Aquellas estelas anteriormente denominadas "diademas" y "guerreras" ya no pueden considerarse separadas u opuestas (24g) . Para decir, finalmente: “En conjunto, el yacimiento de Las Capellanías aporta nuevas e impactantes evidencias que están destinadas a provocar una verdadera revolución en la forma en que se han abordado las estelas ibéricas hasta la fecha. La estela n.º 2, junto con las nuevas evidencias recuperadas en las excavaciones realizadas en junio de 2022 y septiembre de 2023, actualmente en estudio, incluida la estela n.º 3, hallada sobre una fosa funeraria con una cantidad considerable de huesos humanos incinerados y decorada con una sorprendente «combinación» de elementos de las estelas «diademadas» y «guerreras» (hasta ahora diferenciadas), es una buena prueba de hasta qué punto se pondrá en tela de juicio la concepción tradicional sobre estos monumentos” (24h) .




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes de tesoros del Bronce Final peninsular; tomadas en en Museo Arqueológico Nacional
(al que agradecemos nos permita divulgarlas). Arriba, en primer término, los torques y brazales de Sagrajas (circa 1200/900 a.C.); al fondo, los de Berzocana (circa 1200/900 a.C.); y al final los “cuencos” de Axtroki (circa 1000/700 a.C.). Al lado, los llamados “cuencos” halladas en Axtroki; se fechan en una época un tanto posterior al resto de piezas del mismo tipo. Se trata realmente de bonetes o coronas de dignatarios; quizá sacerdotales. Abajo, algunas piezas del tesoro de Villena (en reproducción, conservada en el MAN). En este caso se observa que hay cuencos, bonetes, pulseras y botellas de oro. El ajuar, se relaciona con una época anterior; considerándose que puede datarse entre los siglos XIV y XII a.C. Lo que confirmaría, desde entonces, un pleno contacto con precolonizadores llegados de Oriente Medio y del Mediterráneo Este.




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, lúnula de Coggalbeg, propiedad del Museo Nacional de Arqueológica de Dublín. Se trata de un tipo de “torques” irlandés, de fino oro, fechado en el Primer Bronce de la isla (entre el 2300 y el 2000 a.C.). Fue un modelo de joyas que se siguió manteniendo durante toda la Edad del Bronce; llegando como símbolo apotropáico a la del Hierro. Siendo luego usadas como insignias militares, desde Roma hasta la Edad Moderna. Abajo, La estela de Cañaveral 1; conforme dibujo que facilita el Museo de Huelva, al que agradecemos nos permita divulgarlo. En esta, he señalado la parte de la losa que falta, e iría soterrada; para mantenerse en pie. Bajo el cuello del personaje (que creemos, lleva bigote); vemos un pectoral (lúnula o torques); que la relacionan con el tipo de orfebrería de la época (tal como hemos visto antes en las vitrinas del Museo Arqueológico Nacional). Asimismo, parece que luce uno de estos bonetes sagrados (o un casco con penacho).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, La estela de Cañaveral 2; conforme dibujo que facilita el Museo de Huelva, al que agradecemos nos permita divulgarlo. En esta, he señalado la parte de la losa que falta, e iría soterrada; para mantenerse en pie. Otra teoría la considera una losa para tapar la sepultura, por cuanto iría sobre el terreno; sin perder la zona inferior, donde algunos ven la figura de un cuadrúpedo. Abajo, La estela de Cañaveral 3; conforme dibujo que facilita el Museo de Huelva, al que agradecemos nos permita divulgarlo. En esta, he señalado la parte de la losa que falta, e iría soterrada; para mantenerse en pie. Tal como manifesté en el comentario sobre la losa primera; bajo el cuello del personaje aquí vemos también un torques, o lúnula, del tipo Bronce Final (ver imágenes anteriores del Museo Arqueológico Nacional). Asimismo, parece que su personaje luce uno de estos bonetes sagrados; semejante los de Axtroki o los de Villena (o bien, un casco).




JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, estela de Castuera; según dibujo del Profesor Sebastián Celestino (al que agradecemos nos permita divulgarlo). Como podemos observar, es muy semejante a la de Cañaveral 2. Abajo, dibujo mío de dos exvotos de bronce sardos expuestos en el Museo de Cagliari (Cerdeña). Pertenecen a la etapa nurágica y se fechan entre el 1200 y el 900 a.C. (en época coetánea a las Estelas del Suroeste). El paralelismo entre las armas y cascos nurágicos, con los representados en algunas “losas de Guerrero”, es más que sorprendente. Todo lo que puede explicarse debido a que el cobre y el estaño con el que se fabricaron estas esculturas de Cerdeña; procedía -en su mayor parte- de la Península Ibérica.





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Ajuar talayótico, de Lloseta (Mallorca);
propiedad del Museo Arqueológico de Barcelona. Fechado entre los siglos X al IX a.C.; contiene un espejo de bronce, argentado con estaño. Asimismo, un puñal o espada (áureo) y un gran pectoral (o collar). Todos estos atributos y enseres, los vemos representados en las Estelas del Suroeste (de época coetánea). El hecho de que este ajuar proceda de un lugar tan lejano a Extremadura, El Alentejo, el Guadiana o el Guadalquivir; nos debe llevar a deducir el camino -marítimo- del metal tartessio y el contacto entre Cerdeña y la costa atlántica. Mostrando igualmente la unión entre el mundo talayótico de las Islas Baleares y el nurágico. A los interesados en el ajuar de Lloseta, les recomendamos ver las publicaciones que recojo en cita (25) .



C-3) Nuestra hipótesis sobre la datación y significado de la necrópolis de Las Capellanías:

Rogando disculpas a los especialistas, nos atrevemos a lanzar una teoría que pudiera explicar la fecha tan antigua aportada por el estudio de luminotecnia (OSL); marcando el último movimiento de la losa numerada como 2, entre los siglos XXIV y XVII a.C.. Para exponer nuestra hipótesis, comenzaré recogiendo una frase del trabajo antes analizado; donde sus autores escriben: “la estela no se encontró en posición pompeyana, sino cuidadosamente colocada boca abajo y con la base hacia arriba, e incrustada en el relleno pedregoso del túmulo, lo cual no puede haber ocurrido por casualidad.(24i) . Por cuanto, a continuación, voy a expresar una serie de hechos extraños que suceden en el hallazgo:


A)-Todas las estelas de Cañaveral se hallaron boca abajo; y aparentemente bien colocadas (incluso la primera, encontrada fortuitamente, apareció dada la vuelta y sin grandes daños).

B)-Las losas que se levantaron en su contexto arqueológico, estaban sobre cistas de la Edad del Bronce, vaciadas y si restos. No encima de las cistas reutilizadas como tumbas, en etapa tartessia. Tal como hubiera sido normal.

C)-La lógica lleva a deducir que si las estelas, eran losas sepulcrales; teniendo certeza de que las tumbas antiguas, fueron reutilizadas en una época cercana a la llamada “orientalizante” (lo que demuestran sus vasos y el ritual de cremación, hallado en las cistas vaciadas y usadas posteriormente). Al menos alguna de las tres piezas; debería haber aparecido sobre estos sepulcros usados en época coetánea (tartessia o pretartessia).

D)-Por lo tanto, si las tres losas halladas en el yacimiento, estaban lejos de aquellas tumbas de tipo “tartessio” y sobre otras cistas vaciadas. A mi juicio, todo lleva a pensar que llevaron esas lápidas hasta otras fosas más antiguas; cambiándolas desde su lugar original. Posiblemente, para evitar el expolio de los enterramientos a los que honraban esas losas (los de cremación de la Edad del Hierro).

E)-Es decir, seguramente las estelas estuvieron sobre las tumbas vaciadas y reutilizadas por los tartessios; pero al sellar o abandonar la necrópolis, las llevaron a otro lugar. Con el fin de que ajenos o enemigos nunca cavasen y expoliaran los restos de sus antepasados.

E)-Debido al peso y a la tipología de estas tres piezas; el trabajo de traslado y deposición sobre el terreno, debió realizarse por varias personas. Ya que la losa primera pesa más de doscientos kilos y la segunda casi el doble.

F)-Todo apunta a una ocultación y sellado, del cementerio en etapa tartessia; después de haber reutilizado durante un tiempo esa necrópolis, que originalmente perteneció a gentes de la Edad del Bronce.

G)-El paralelo de acontecimientos, nos lleva a recordar amortizaciones y sellados como el de Cancho Roano y el de Casas de El Turuñuelo. Confirmando que las gentes del mundo tartessio enterraban y destruían los marcos sagrados; seguramente, con el fin de que no fueran usurpados o profanados.

H)-Cabe la posibilidad de que el expolio y vaciado de las cistas de la Edad del Bronce, se hiciera en este momento del sellado final. Por cuanto, no sería extraño pensar que al remover tierras, los restos de esta época tan antigua quedasen sobre el superficie (en la primera capa). De tal manera, si depositaron las estelas encima de esas tierras removidas y pertenecientes a las tumbas del Bronce; sería posible que el estudio luminotécnico las haya leído. Datando el último movimiento de la estela segunda, en las fechas de esas arenas y cenizas del Bronce (sacadas de la tumba, antes de depositar sobre ella la losa).


A continuación, explicaremos los hechos de un modo más sencillo: Todo apunta a pensar que la aparición de estas tres losas, responde a un ritual de amortización religiosa de la necrópolis; por parte de quienes la reutilizaron. Pudiendo deducirse dicho sellado, al aparecer las dos losas (durante las excavaciones); en posición inversa y perfectamente depositadas. Lo que induce a intuir, un “volteado” medido y bien ejecutado (en ambos casos). Pues, tal como he anotado; la única que es fácilmente desplazable sería Estela “Cañaveral 2”, que pesa más de cien kilos (no siendo difícil trasladarla y deponerla con cuidado sobre el terreno). Pero “Cañaveral 3” supera los cuatrocientos kg.; por lo que fueron tumbadas con gran esfuerzo y cuidado, entre varias personas. Ya que, de lo contrario, habría restos de violencia; al tirarlas al suelo por la fuerza o debido a terremotos. Hechos que nos llevan a pensar en una ceremonia de cierre y abandono del lugar; semejante a las de Cancho Roano y El Turuñuelo (como ya hemos anotado). Amortización, quizás llevada a cabo ante la invasión de extraños y previa a una huida. Aunque, también pudo ser motivada por pestes o epidemias, que obligasen a los lugareños, a trasladarse de la zona.


Sea como fuere, no sería extraño pensar que ante una situación de crisis; tuvieran que sellar la necrópolis, sin guardar respeto hacia los enterrados más antiguos, aunque tratando con celo los de sus ancestros (los depositados durante la Edad de Hierro). De tal manera, es posible, que durante la amortización, vaciasen aquellas cistas que aún conservaban los enterramientos iniciales. Sacando de ellas los restos humanos y enseres antiguos (de la Edad de Bronce); antes de hacer desaparecer el cementerio. Dejando tan solo en este, las cremaciones de sus antepasados más directos; escondiéndolos para que ningún extraño expoliase el lugar. Ello, explicaría el volteo y traslado cuidadoso de las Estelas y la inexistencia de restos en numerosas cistas. Justificando, por qué han aparecido urnas con cremaciones de época tartessia; pero sin sus respectivas losas encima. Asimismo y como hemos explicado; esta hipótesis de una amortización, con vaciado de las tumbas ajenas a su época; explicaría -quizás- la alta datación del movimiento de la Estela 2 (a través de OSL). Fechándolo entre el 2340 y 1680 a. C.; dejando esta pieza fuera de su normal contexto histórico (pues las Estelas de Guerrero se datan entre el siglo IX y el VII a.C.). Pero si pensamos que antes de tumbar la losa, se vació o removieron los restos de la tumba que había bajo ella. Podemos considerar que la tierra y cenizas de la Edad del Bronce (pertenecientes a la cista) quedaron bajo la piedra. Pudiendo ser este el motivo para que la luminiscencia diera una datación tan antigua; correspondiente a lo que hubo en la fosa interior (entre los siglos XXVII al XVII a.C.).


Finalmente, añadirémos, que -a mi juicio- las estelas 1 y 3 de Cañaveral, no representan individuos diademados; sino personajes masculinos, con casco o bonete. De los que, el primero, tendría bigote (tal como he señalado en las imágenes anteriores); y el segundo, falo con testículos. Asimismo, considero que ambas estelas 1 y 3 contienen dos guerreros de prestigio, que lucen joyas; portando un torques o una lúnula (en su cuello). Por su parte, si nos fijamos en la 3; vemos que representa un hombre, ya que destaca el sexo claramente. Un extraño detalle al final del torso, que puede suponer también una pretina; coquillera que protegía a los soldados de golpes y daños (en esta zona). Además, se observa en este, un número indeterminado de dedos en sus extremidades; teniendo al menos seis en las manos, pero cuatro en los pies. Considerando -personalmente- que la extraña representación en estas losas de Cañaveral donde vemos manos y pies, con seis, cinco o cuatro dedos; responde a una falta de pericia por parte del grabador (no a un simbolismo sagrado). Por lo demás, lo que vemos reflejado en el pecho del personaje de Cañaveral 3; bien pudiera ser una coraza (tal como expone Diaz-Guardamino). Armadura de esparto o cuero, que también se vislumbra en la Estela de Abobada (ver imágenes anteriores). De igual modo, lo representado bajo el sexo, quizás también supone unas espinilleras (protectores de piernas, muy comunes antiguamente). La observación anterior, confirmaría que el personaje de la estela 1 (con bigote y casco -o bonete- de penacho); también iría cubierto con un tipo de armadura -fabricada con esparto, huesos o conchas-. Por último, diremos que en estas tres piezas, se observan dos estilos completamente diferentes. Una similar, en la losa 1 y la 3; que presentan los individuos a gran escala, con un dibujo que cubre la piedra casi por completo; en un diseño de tipo “naif”. En la que destacan sus orejas, narices, la boca y dedos; junto a curiosos detalles de su vestimenta. Frente estas dos, es completamente distinto el estilo y los bajorrelieves que contiene Cañaveral 2; de tipo esquemático y lineal, más cercano en su trazo a las Estelas de Guerrero con antropomorfo (refiriéndonos a la de Castuera, Solana de Cabañas, Aldeanueva de San Bartolomé y etc -ver imágenes anteriores-). Con un dibujo que parece inspirarse en los modelos pintados en algunas cavernas neolíticas; donde figuran cazadores o guerreros, con arco y flechas, persiguiendo presas.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres imágenes de la Estela diademada de Bodonal de la Sierra (Badajoz). Arriba y al lado; tal como se muestra en el Museo de Badajoz; en original y en dibujo (al que agradecemos nos permita divulgar nuestra foto). Abajo, dibujo de la misma estela, a la que hemos dado color; observando que quizá luce parte del tesoro de Bodonal, entre las joyas representadas en los bajorrelieves.








JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Vitrinas del MAN
(al que agradecemos nos permita divulgar nuestras imágenes); en donde podemos ver el tesoro de Bodonal de la Sierra (Badajoz). Fechado a finales del Bronce -circa 1200/1000 a.C.-; entre algunas de sus joyas, creo poder intuir que están las representadas las del tocado de la Estela de Bodonal (ver dibujo anterior y comparar)




ABAJO: Mapa con la situación de Bodonal de la Sierra y del yacimiento de Las Capellanías, en Cañaveral de León.



C-4 ) Conclusiones personales, desde nuestra hipótesis de arqueología comparada:

C-4/a) Convivencia y sustitución de ritos de inhumación por la cremación, en Japón:

En estos dos últimos epígrafes, de nuevo trataremos sobre los enigmas, el uso y el simbolismo de las misteriosas losas del Suroeste. Considerando oportuno encabezarlo con una frase del Prof. Mederos. Quien nos dice en el inicio de uno de sus opúsculos:Las estelas decoradas del Suroeste de la Península Ibérica debieron cumplir estas tres funciones,indicativa de una tumba, residencia del alma y conmemorativa del fallecido, aunque en este trabajo vamos a tratar de profundizar en las estelas que consideramos mas antiguas, desde inicios del Bronce Final II, ca. 1325 a.C., 1325 a.C., que presentan un esquema iconográfico tripartito con lanza, escudo con escotadura externa(26) . Mas adelante y en otro capítulo, entraremos en el problema de su cronología; que se ha complicado de un modo irreversible, tras la datación de Cañaveral 2. Debiendo revisarse sus fechas, tras la excavación y los nuevos hallazgos, recientemente aparecidos en el lugar onubense. Por cuanto, para finalizar el presente artículo, intentaremos comprender algo más, sobre la posible utilización y el significado de estas grandes lajas labradas -social y religioso-. Para tal fin, primeramente me basaré en hechos históricamente paralelos, aunque no coetáneos. Sirviéndome de la arqueología japonesa, durante su faceta de transición entre la etapa “Kofún” (de los túmulos) y la entrada del budismo; donde dará comienzo a la época Nara. Debido a que esta transición social y religiosa, sucedidos en el archipiélago nippón (entre el 250 y el 750 d.C.), sirven como ejemplo histórico. Posibilitando realizar una comparación plena, acerca del uso y significado de las estelas. A más de comprender los cambios que conlleva la entrada de una nueva religión, donde se aporta una costumbre funeraria muy diferente.


De tal modo -para los ajenos a la arqueología nippona- explicaremos las fases más antiguas del Japón; exponiendo más tarde su posible relación con lo acontecido en nuestra Península, a Finales del Bronce. Comenzaremos por la Etapa japonesa llamada Yayoi (fechada entre el 250 a.C. y el 250 d.C.) donde se inicia plenamente la Edad de los metales -Bronce y Hierro, conjuntamente-. Tras ello, se produce un periodo llamado Yamato, en el que se crea el imperio, bajo el reinado de la familia homónima. Siendo el clan Yamato, quienes unificarán gran parte del archipiélago, en la forma de diferentes principados; desde mediados del siglo III d.C.. Es entonces cuando finaliza el Yayoi (circa 250 d:C.) y se inicia la época de los túmulos (denominada Kofún) donde en las zonas de dominio Yamato, se extiende el enterramiento en tumbas de corredor -individual y familiar-. Tanto fue así, que se han hallado más de treinta mil sepulcros “kofún” en el área de dominio Yamato; pese a que no gobernaban todo el archipiélago (quedando fuera de su poder, el Norte de Honshu, Hokkaido y algunas islas del Sur). De tal modo, desde el 250 d.C. se establece la Casa Imperial japonesa Yamato; aunque esta Era Kufún (o de los túmulos) vivió una etapa posterior, que se extendió hasta el año 710. Segundo momento, fechado entre los años 550 y el 710 (llamado Asuka); cuando el emperador adopta el budismo como fe. Lo que sucede tras una embajada llegada desde Corea, en el año 538; enviada para convertir a los máximos dignatarios de la nación Yamato (luego denominada del Amanecer o Sol Naciente).


Siendo entonces, cuando comienzan a convivir y a disputarse el poder, las dos religiones que perdurarán por siempre en Japón: El sintoísmo; heredado desde tiempos inmemoriales, practicada por los Yamato y sus súbditos como única fe, hasta el siglo VII d.C.. Frente al budismo, importado desde el Continente; que triunfa en el año 710, comenzando así un nuevo periodo, denominado Nara (debido a que se establece en esta ciudad la Corte Imperial). De tal manera, se va sustituyendo paulatinamente, la costumbre de inhumar (en túmulos o bajo tierra) tal como hacía el sintoísmo; por el rito mortuorio budista, consistente en cremación. Debido a ello, durante mediados del siglo VII y comienzos del VIII; convivieron las costumbres funerarias; dándose alternativamente el enterramiento en túmulo (de tipo Yamato), junto con la incineración (importada por la nueva fe). Quedado más tarde, tan solo para nobles y grandes dignatarios; la deposición en grandes tumbas. Mientras los individuos de menor rango y del pueblo, sometían al fuego los cadáveres, guardando en urnas sus restos (que se depositaban en necrópolis).


De tal manera, en el Japón de los siglos VII y VIII d.C. podemos ver lo que en nuestras tierras sucedía a finales del Bronce y comienzos del Hierro (que fecharíamos en las centurias IX y el VII a.C.). Cuando, tras la llegada de los Campos de Urnas y el establecimiento de los Fenicios (del 1100 al 850 a.C.); se importa el rito de cremación, sustituyendo paulatinamente el de inhumación. Asimismo, en la transición japonesa, desde el sintoismo al budismo; veremos la reutilización de las tumbas de corredor, usando las laderas de esos túmulos como necrópolis. Guardando en ellas los restos cremados. Un hecho del que tenemos testimonio muy temprano en Takasaki; concretamente en el “kofún” Yamanoue (túmulo fechado entorno al 550 d.C.), en cuya colina se halló una de las primeras estelas budistas, encontradas en Japón (datada en el 681 d.C.). Habiéndose podido leer esta losa de Yamanoue; se supo que está dedicada a la madre de un monje, que trabajó para los dueños del referido túmulo de Yamanoue. Una tradición que fue mantenida en tierras nipponas, hasta el siglo XIX. Donde las gentes más ilustres, enterraban sus restos cremados, en las laderas y cimas de estos sepulcros de corredor. Sin reutilizar, ni menos expoliar; la tumba interior de esos túmulos. Siendo costumbre de los daymios, de sus nobles y sacerdotes; usar aquellos “kofún” como cementerios. Concediendo así un nuevo culto a muchos sepulcros del periodo Yamato; debido a lo que en sus inmediaciones nacieron innumerables templos budistas (con necrópolis que a día de hoy siguen en uso para la gente común).




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Maebashi es la capital de Gunma, una de las provincias cercanas a Tokio en el “valle” de Kanto. Su barrio, llamado Sojâ-Machi (o Souja Machi) es conocido por su proliferación de enterramientos de tipo tumular. Aunque en la etapa posterior y cuando se extendió el budismo por Japón; también se fundaron numerosos templos junto a estos Kofún (de Sojâ). Arriba, uno de los templos budistas de Sojâ-Machi, situado junto a un túmulo. En este caso, es el Hikariiwao otera que se eleva frente al túmulo de Hôtôzan. Al lado y Abajo, el corredor y la tumba que se conservan aún en el túmulo Hôtôzan (datado en el 550 d.C.).





JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
El mismo túmulo Hôtôzan y sus enterramientos de cremación, posteriores. Se trata de tumbas de bonzos, que trabajarían para los nobles de la época.










JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Otro de los túmulos de Maebashi; en este caso el Jaketsuzan (también fechado a mediados del siglo VI). Su entrada e interior; en imagen, mi mujer y yo , en una foto reciente (para comprender su escala).









JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Al lado, estela de Yamanoue, propiedad del Museo de Takasahi; al que agradecemos nos permita divulgar la imagen. Abajo, entrada al túmulo de Yamanoue (foto de Saijen Jiro), en las cercanías de Takasaki (otra ciudad de Gunma). Se fecha entorno al 550, aunque la estela aparecida sobre él, es muy posterior; debido a que en las laderas de estos Kofún se enterraban personas relacionadas con el noble principal. Por cuanto la lápida pertenece a la madre de un sacerdote. Religioso que -debemos entender- trabajaba para un templo budista que se originó junto a la colina donde está la tumba.





C-4/a) La reutilización y sustitución de tumbas, durante la Edad del Bronce y el Hierro, peninsular:

Tras lo narrado, sobre el cambio en Japón, desde la inhumación a las cremaciones; con la llegada del budismo. Podemos comprender mejor lo acontecido en la Península Ibérica; aunque el proceso fue más complejo y antiguo. Pues en nuestras tierras, se siguió el enterramiento en túmulos de tipo dolménicos, hasta la llegada del Bronce Pleno. Comprendiendo desde el 5000 al 3000 a.C., el periodo durante el que se inhumaban en tumbas megalíticas; usadas por una élite. Aunque desde el 3500 los sepulcros megalíticos dejan de ser ciclópeos y comienzan a tener una arquitectura de corredor; avanzando paulatinamente hacia el tipo túmulo. Así se pasa, durante el calcolítico (desde el 3000 al 2500), al enterramiento colectivo; en túmulos muy semejantes a los que se extendieron posteriormente por todo el Mediterráneo. Estos hechos son coetáneos al nacimiento de la Cultura de los Millares; aunque también se suponen inducidos por una invasión llegada desde el Este (por tierra o por mar, venida a manos de los ganaderos esteparios). Siguiendo un proceso de siglos; donde el enterramiento fue el túmulos colectivos; en muchos casos reutilizados por gentes de El Bronce. Tal como muestra el sepulcro de Huerta Montero (sito en Almendralejo, Extremadura); que fue elevado entorno al 2700 a.C. y usado durante un milenio. Habiéndose hallado en su interior restos de setenta y cinco personas, pertenecientes a una primera época, que comprendería entre el 2700 y el 2300 a.C.. Conviviendo esos, con los cadáveres de otros treinta y cuatro individuos inhumados en el túmulo durante el Bronce Pleno; desde el 2200 al 1700 a.C. (aprox. según C-14). Muchos de ellos fueron movidos; lo que muestra no solo su reutilización, sino el cambio y sustitución de los cuerpos. Un hecho que concuerda y puede explicar la curiosa orientación de la puerta de su cámara de corredor. Que enfoca exactamente al Sol en su solsticio de invierno; entrando la luz hasta el fondo del túmulo, cada 21/22 de diciembre. Lo que -a mi juicio- lleva a pensar que en esa fecha era abierto el sepulcro, para ser visitado (por sacerdotes o descendientes de los inhumados); que podrían tocar, cambiar y hacer ofrendas a sus antepasados.


De tal manera, durante el calcolítico en nuestras tierras, nace la Cultura de los Millares y se difunde el Vaso Campaniforme; avanzando desde el Sur Peninsular, llegando prácticamente a toda Europa (incluyendo las Islas Británicas, pero exceptuando los países del Este, el centro de Francia y el Sur de Italia). Una expansión cultural que se produce desde el 2700 a.C. (aprox) y avanza en sentido contrario a la “invasión genética” de los pueblos esteparios; llegados en mismas fechas, accediendo a la Península por el Pirineo. Gentes de la Estepa, guerreras y establecidas en tribus; que importan los animales domésticos, el carro tirado por bueyes y hasta la doma del caballo. Considerándose grupos muy organizados, conocedores del bronce y de sistemas sofisticados de guerra. Quienes entran a dominar el panorama peninsular durante el Bronce Inicial (desde el 2700 al 2200/1800 a.C.); cuyo perfil genético se ha hallado en la segunda etapa de enterramientos de El Hundido -Burgos-. Ello y el contacto marítimo con buscadores de metales, promovería culturas como la de El Argar (en Almería); que se inicia en el 2200 a.C. y convive en etapa con los segundos inhumados en Huerta Montero (Almendralejo). Enterrados desde el 2200 al 1700 a.C. (etapas de Argar I y II), reutilizando tumbas de corredor, que desaparecen ya en estas fechas. Debido a que El Argar comienza con las inhumaciones en cistas (muchas de ellas bajo las casas de los descendientes).


En lo que se refiere al yacimiento de Burgos, llamado El Hundido, debemos a hacer un inciso; con el fin de explicar los problemas y misterios que presentan sus restos. Pues, en su primera fase fue un enterramiento colectivo de corredor; utilizado durante siglos y que contuvo casi cien finados. La datación de estas inhumaciones en grupo, es difícil de determinar, porque finalmente el sepulcro tumular fue quemado (sometiéndolo a altas temperaturas). Probablemente con fines de amortización y siguiendo un ritual, para que no fuera expoliado (27) . Aunque, existe otra teoría que -personalmente- me atrevo a exponer; suponiendo esa destrucción tan agresiva y por fuego, debido a epidemias (incluso de peste, que aparece ya en esta época). Todo lo que pudo producirse, debido al contacto con cadáveres. Ya que en el estudio de esos restos, se ha visto como muchos habían sido movidos repetidamente y dentro del corredor; en estado de putrefacción. Una actividad que puede provocar enfermedades y epidemias, transmitidas por quienes tuvieran contacto con los cuerpos en descomposición. Ello, justifica y nos hace entender -asimismo- la orientación del corredor de la tumba de Almendralejo, enfocado hacia el Sol de solsticio. Iluminándose el fondo del túmulo tan solo cada 21/22 de diciembre. Lo que obliga a pensar que en esta fecha los sacerdotes o familiares, entrarían en los sepulcros, para rendir homenaje a los muertos y ofrecerles sacrificios (pudiendo moverlos entonces, o al enterrar nuevos cadáveres). Este hecho, nos hace plantearnos un dato que siempre he resaltado; otra hipótesis personal, por la que considero que estos sepulcros de corredor y los dólmenes; pudieron servir para “momificar” a los muertos. Macerándolos dentro de las cámaras y llevándolos a un estado de secado; encendiendo hogueras en su entrada o bien usando ocres y sales, esparcidas sobre los cuerpos (tal como se ha comprobado que hacían).


Pero regresando al yacimiento de El Hundido, en Burgos; se supone que la cancelación del túmulo se produce cerrando con arena y cerámica la entrada; pasando a abrasar el sepulcro. Situando sobre ella maderas que alcanzaron los 1000 grados -desintegrando la piedra, que sirvió como “tapa” de los cuerpos que se salvaron del efecto del fuego- (27a) . La datación de esta amortización se fija “durante el Neolítico Final-Calcolítico en la Península Ibérica" (27b) entre el 3000 y el 2800 a.C. Unas fechas que nos parecen más bien ajustadas a un cambio de Era; pues se cierne plenamente al comienzos de El Bronce. Por lo que no creemos que el sepulcro se cerrase debido a su falta de capacidad para albergar más cuerpos (un hecho no muy común, pues siempre habría un modo de apilar cadáveres). Sino a la aparición de nuevas gentes llegadas del Este europeo y armadas con bronce; tribus procedentes de las Estepas, que conocían el carro, tenían animales domésticos y llegaban a montar el caballo. Invasores que se mezclarían con los autóctonos, conformando un nuevo tipo racial; que pasa a enterrarse en fosas con ajuar del Vaso Campaniforme. Tal como confirma la reutilización de esta tumba de El Hundido (de Burgos); que fue unos siglos más tarde usada como sepultura de tres jefes de la Edad del Bronce. Tres fosas de inhumación, de la que una se salvó del expolio; llegándonos prácticamente entera. Habiendo podido comprobar su ADN; en parte, procedente de las Estepas del Este, mezclado con las gentes neolíticas peninsulares. Tumbas que fueron estudiadas por Delibes de Castro, hace unos decenios; cuyo estudio, pudo completar recientemente Carmen Alonso Fernández (28) . Donde nos dice que su datación por Carbono14 es cercana al 2500/2300 a.C. (28a) ; añadiendo el modo en que los enterramientos campaniformes de este zona, se fueron asentando sobre otros sepulcros anteriores. Lo que Delibes testimonió repetidamente en la zona de Burgos (durante los años 1983 al 93); donde la cultura del Vaso Campaniforme había vandalizado y reaprovechado diversos dólmenes (28b) .


Llegado a este punto, hemos de plantearnos qué fue la necrópolis de Las Capellanías y cómo se sucedió el cambio de cultos, junto a la reutilización de sus cistas. Tumbas iniciales, que debemos datar entre los siglos XXVII y el XIV a.C.. Aunque fueron expoliadas, por las nuevas gentes dominadoras de la zona; quienes a finales de El Bronce (entorno al 1100 a.C.) se harían dueños de estas tierras onubenses, llevando pronto un nuevo metal y otros ritos funerarios. De tal manera, igual que los hombres del calcolítico imitaron y reutilizaron algunos dólmenes, creando posteriormente sus tumbas de corredor. Túmulos que luego serían vaciados o usados, por las gentes del Bronce Pleno. Estos otros, que se asentaron en las tierras de Cañaveral de León (durante la aparición del Hierro); llevarían unas nuevas costumbres, entre las que destacó elevar estelas, donde representaban guerreros o reyes. Pero, más tarde, al verse forzados a cerrar -o abandonar- esa necrópolis; la amortizarían de un modo semejante al utilizado en El Turuñuelo y Cancho Roano. Un hecho arqueológico descubierto en Las Capellanías, que nos muestra nuevamente el tipo de ceremoniales tartessios; intentando que nada cayese en manos ajenas. Lo que -a su vez- explica la falta de restos de esta civilización; pero también justifica que no se hayan encontrado apenas, estelas conservadas en su contexto original. Debido a que estos creadores de las losas del Suroeste, siempre intentaban amortizar y sellar todo lo que consideraban sacro. Trasladando y soterrando cuantos restos pudieran dejarse en manos de extraños o enemigos. Un hallazgo y conclusiones, que nos pueden llevar a pensar en el común uso funerario de las Estelas del Suroeste; pudiendo considerarse que fue mayor de lo que pensamos. Pues su falta de contexto, junto a necrópolis tartessias; puede deberse a el rito de amortización comprobado. Llevado a cabo por quienes las elevaron (o sus descendientes); trasladándolas lejos de las tumbas, con el fin de que no fueran expoliados los enterramientos, ni sus lapidas.




SOBRE, JUNTO Y BAJO ESTAS LÍNEAS:
Tres fotos del sepulcro de Huerta Montero, en Almendralejo (donde tristemente, no pudimos acceder; por motivo de horario). Arriba y al lado, su exterior. Abajo, uno de los planos que publicita la Consejería de Cultura de Extremadura; donde podemos ver la situación se sus cuerpos en el interior del túmulo. A los interesados en el tema, les recomendamos leer un breve (pero interesante) artículo del blog de Lourdes Torres (29) .







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